martes, 13 de septiembre de 2011

CURSO: LOS PODERES DE LA SEDUCCIÓN. LA SEDUCCIÓN EN LA POLÍTICA Y EN LA VIDA


Conferencista invitada: Claudia Fernanda Barrera Castañeda (Abogada, filósofa de la Universidad Nacional de Colombia, Doctora en filosofía de la Universidad de Paris VIII, Francia).
Fecha y duración: Del Lunes 26 de septiembre al jueves 29 de septiembre
Horario:  6 p.m a 9 p.m
Lugar: Unidad Camilo Torres – Bloque 10 – Salón 802
  • Objetivo del seminario:
Mostrar el contenido de los poderes de la seducción para fundamentar en la atracción una nueva subjetividad en donde la estética pueda generar una ética para la vida, lejos de las concepciones de  manipulación y engaño donde la seducción ha sido analizada.
  • Metodología:
Se presentará la investigación sobre los poderes de la seducción desde una dimensión discursiva de fuentes y de referentes en diferentes áreas de la cultura y la interdisciplinariedad. Los participantes analizarán las temáticas, formularán preguntas y  generarán discusiones en torno a  las temáticas analizadas desde el contexto de las disciplinas de su interés.
  • Temas del seminario:
Primer día:
I. Pensar por sí mismo, hablar en nombre propio.
  1. La investigación como creadora y productora de saber y de vida para el quehacer político.
  2. Pedagogía de la autonomía desde la perspectiva de René Schérer y metodología de la investigación para la producción creativa.
II. Situación sobre el fundamento de la estética en la filosofía contemporánea:
  1. Sobre la estética y la ética como fundamentos de una nueva concepción de la seducción.
  2. La estética y el deseo frente a la seducción.
  3. Seducción y estética desde para el  pensamiento individual y político desde la filosofía de Nietzsche y de Gaston Bachelard.
  4. Nociones y conceptos que consolidan la investigación como eje de una nueva orientación acerca de la seducción.
Segundo día:
III. La modernidad frente al mito.
  1. Qué es “La razón vidente” y “la razón demostrativa”: Divergencias entre distintas corrientes filosóficas y sus consecuencias en la historia de la filosofía.
  2. La modernidad y su herencia en la filosofía contemporánea. En dónde situar nuestro contexto cultural y social.
  3. La mitología, la literatura y el arte como fuentes culturales para el pensamiento político.
  4. “Las fuerzas no-lógicas” (mito, poética, religión y pasión) son inspiradoras de un nuevo imaginario. Por qué hablar de la imaginación dentro del contexto de la racionalidad.
IV. Configuración de un nuevo imaginario.
  1. ¿Para qué y por qué configurar un nuevo imaginario? (fuentes psicofisiológicas desde Nietzsche hasta Gaston Bachelard).
  2. La función de “la significación” y de “la expresividad” en el campo filosófico para la comprensión de los poderes de la seducción.
  3. Apertura para la configuración de una nueva subjetividad desde el imaginario a partir de la filosofía de Nietzsche.
Tercer Día:
V. Estética y Seducción.
  1. El aporte de la estética en el pensamiento
  2. Eros y deseo para la creación de una nueva organizadora, creadora de vida a partir de la seducción.
  3. La seducción como fuerza creadora de deseo contra la seducción de la sociedad de consumo.
  4. Un análisis de la seducción que se apropia de las conciencias para el consumo.
VI. Génesis del pensamiento intuitivo de la seducción.
  1. Tradición filosófica para pensar la seducción como estética del pensamiento.
  2. Las aproximaciones universales y las implicaciones ontológicas que contiene la seducción.
  3. ¿Por qué pensar la seducción desde una perspectiva universal?
  4. Conceptos que configuran el pensamiento sobre el tema de la seducción:
4.1 El “ser-atraído” una nueva comprensión ontológica frente a la modernidad.
4.2 Imaginación e imagen.
4.3 El papel del espíritu y del alma en la atracción.
4.4 Mito, religión y poética desde la seducción para una concepción política.
5. La intuición y su papel en la creación de la estética de la seducción.
Cuarto Día:
VII. Seducción y la estética.
  1. La psicología y la física  come fuerzas atractivas en la seducción.
  2. Las fuerzas atractivas y repulsivas en el cosmos.
2.1 El actuar y la contemplación en la seducción.
2.2 La materia del ser-atraído y la energía ondulatoria rítmica.
2.3 La energía espiritual y el sonido del silencio para el ser-atraído.
VIII. Los fenómenos de la seducción.
  1. El amor y el erotismo
  2. El amor en la antigüedad y el amor cristiano.
  3. El amor-pasión.
  4. El deseo.
  5. La perversión.
  6. La política y la retórica.
XIX. Nueva razón estética desde la seducción
  1. La nueva razón estética.
1.1 Fundamentos de la razón estética desde la seducción.
1.2 El imaginario de la función estetisante.
2. El sentido extra-moral de la seducción y su nueva comprensión en el universo de la estética y de la ética.
X. Conclusiones del Seminario.
Información y Contacto:
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domingo, 4 de septiembre de 2011

EL JOVEN MARX, JUSTIN BIEBER Y LOS PERROS DE CRÍA…



Para todos los iniciados en los vericuetos de la razón como voluntad o como esperpento de los ciclos históricos, la sociedad siempre tendrá dentro de sus entrañas cierta cantidad suficiente de veneno cosmológico para decir, “que este es el mejor mundo de los posibles”, sin embargo toda sociedad no importa su modelo político, social, religioso, será como el fetiche imaginario y colectivizante donde el papel de la moda juega un papel importante, y digo que será porque no hay mucho de donde agarrarse, pues, porque esos son nuestros idearios globales, estar siempre a la orden del día para construir nuevos hormigueros donde todos puedan curar sus heridas históricas.


De ahí que la sociedad siempre parirá a sus hijos más ilustres, cuyas cabezas son capaces de concebir un mejor mundo para todos. Empecemos diciendo que el joven Marx fue una de esas cabezas, donde se fraguó el comunismo, el socialismos, el capitalismo y todo los ismos posibles, para él todo era mercancía, fetiche, explotación, producción en masa de chucherías que liberan al espíritu de sus ataduras primitivas como andar a pie, el de no poder volar, arar la tierra, vivir todos juntos pero separados por inmuebles y masas de concretos. Así el joven Marx escribió un par de libracos a veces interesantes, a veces soterrados, como todo lo luterano y judío. Los cuales [los libracos] son más que formulas semíticas de la pata sola o la llorona loca, pues, en la filosofía alemana lo que sirve de filosofía es precisamente lo que no se come como filosofía, o sea, la cerveza y la música clásica.

Continuando con el ideario alemán, es paso obligado enredarnos con Goethe y su joven Werther, una mezcla azufrosa de la sociedad en todo caso europea, donde las pléyades de la filosofía, la política, la religión y el teatro, así como la música son el ocaso de una sociedad esclava de sus pasiones. Pero de todos modos ahí estaban esas cabezas frías y turbias a la vez para confrontar al diablo con el diablo mismo, y a Dios con el anticristo de la razón llamado el joven Nietzsche, un veneno que nutria el alma de un cadáver social de la moda afrancesada que llegaba por todas partes después de la revolución francesa. Eran pues, suficiente palos y cuchillos para acorralar a más de un aséptico holandés o español. Eran los tiempos donde el fundamento histórico-nacional-político-filosófico-musical-literario y teatral, abría las piernas de una Rusia frígida que se negaba a sentir el vértigo de la moda latinizada de la propaganda como sistema hegemonizante y perspicaz.
Para terminar con lo alemán y empezar a darle sentido a este escrito, no podemos dejar por fuera al Joven Mozart, otro pimpollo más blando que los anteriores, menos propenso a la histeria colectiva, aunque estuvo menos envuelto en los temblores subjetivos de la política y la sagacidad del idealismo alemán, pues, se dedicó al vagabundeo, las drogas, y los rituales masónicos, así como a los titubeos de la música pastoril convertida en una especie de salmo pangermánico. Su entrecruzamiento social por la explotación a temprana edad, la desarrolló su padre, un viejo avaro menos ilustrado que Kant, pero tan bilioso como este. Familias que ven en sus retoños toda clase de insumos: oro, cobre, plata, hierro, casas, carros, o barcos, lo anterior para significar la explotación infantil que ahora es moda y sustento de grandes capitales.
Los tiempos son distintos, ahora ya no existen creadores de imaginarios como la revolución, el cambio, el clasismo, el idealismo, la política, la igualdad, la fraternidad o la libertad, ahora son todos sueños cazurros de la sociedad capitalista, del leviatán hobbesiano, el anticristo de los creyentes en la resurrección de los muertos y el juicio de los endemoniados que configuran el molde de los niños prodigio de la actualidad. El Joven Justin Bieber, la jovencita Selena Gómez, ambos exponentes de un rechinar de dientes llamado Rock Pop, o el pibe Leonel Ángel Coira, escuchen esto, vendido a los avaros del Real Madrid, donde será engordado hasta que esté a punto y listo a cagar billetes como una forma de bufonería silenciosa, desde luego para que los reyes de España beban y meen subjuntivamente en las bacinillas hechas con el oro de nuestro antepasados. Decía que son los prodigios mientras la moda los imponga, así no sepan quien escribió las sendas obras del pensamiento universal como el Quijote o Cien años de Soledad.
El Joven Bieber es un pequeño gánster del imperio como suelen decir los mamertos, ha tenido la fortuna de amasar una riqueza, que nada tiene de ideológica o vanguardista, revolucionarias o de cambio, es decir, que ni Engels con todos los derechos del Capital de Marx logró al menos unas de las casitas del joven Justin. Bieber es un simple animal que escupe una seria de códigos comerciales, al punto que las jovencitas desgarran sus velos de la ignorancia pretendiendo atrapar en un instante el influjo de las monerías del simio blanco en una especie de histeria colectiva, desde la Patagonia hasta las cuevas del Himalaya. Este joven, a diferencia de los idealistas alemanes, mueve los molinos de la industria de lo desechable, discos, fotos, camisetas, relojes, videos, podríamos decir sin temor a equivocarnos que es el súcubo de las redes sociales, mitad hombre mitad mujer, es el prototipo de adefesio que no llega al rango de fauno, pero aún así hace que medio planeta se sepa de memoria sus insulsas canciones, cosas del mercado que llaman, tremendo Adonis que sacaría al pobre de Sócrates de los bacanales en brazos del Cármides.
Nada ha cambiado desde Marx, Goethe y Mozart, quizás las ridiculeces escritas por otros cabezotas que afilan sus uñas como gatos y entierran sus mandíbulas en las frágiles memorias globales como un salvamento a la decadencia absoluta del hombre que besa las estrellas en las hacinadas calles neoyorquinas de la quinta avenida, no como un acto de soberanía de sus labios deseosos de pan, en agradecimiento a la madre tierra, sino como un bricolaje de sensaciones que produce el cemento y el ruido de los carros en las grandes avenidas del mundo, al saber que por allí las musas y los dioses de la actuación arrastraron sus patas sagradas.
Para terminar todos estos nuevos niños genios son vendidos como cachorros babeantes frente a las cámaras de televisión, quienes sirven de estimulo para que los drogadictos de pañales, de champuses, de papel higiénico, de leche saborizada que hace crecer hasta un pigmeo, y cuanto chopo social existe, son finalmente los nuevos adalides de una sociedad corrupta y enferma, que explota como vietnamitas o chinos comunistas hasta el último suspiro a sus congéneres, a sazón de que son el ejemplo de una sociedad que fornica con los falos publicitarios de la moda y la riqueza fácil, siempre y cuando las putas sean putas y las modelos de pasarela posen para la revista playboy, y todo con el único ideal liberal de aumentar las ventas a la gran industria de lo desechable. Esos son nuestros jóvenes, los líderes que salvaran al planeta de la catástrofe total, simples espantapájaros que calman el hambre de madres cabeza de familia que hacen que sus hijos canten aunque no canten, o de padres llenos del veneno económico porque la virtud y la felicidad son el sello del nuevo: levántate Lázaro.

miércoles, 24 de agosto de 2011

LA CONCIENCIA POLÍTICA DEL AUTOR



En la historia del hombre una de las formas que posee para manifestar su experiencia con el mundo, la naturaleza y consigo mismo es el arte. Éste le permite expresarse, decir, aquello que no se puede expresar de manera directa sobre todo de la realidad política o social en la cual se encuentra sumergido. El arte ha sido y es considerado como una forma de engaño en el cual el mundo es tergiversado, debido a que se le ha dado todo un hemisferio simbólico. Entonces el arte parece oponerse a la idea de verdad, en este sentido tiene sus grandes opositores y el artista ha caído en esa dinámica permitiendo que su producto caiga en el sustrato de lo superfluo y lo engañoso.

El pensamiento del autor está en su obra, eso quiere decir que en ella está la forma como éste percibe, entiende y comprende el mundo para proponer sobre esa comprensión un juicio que es la esencia del arte en lo que a su manifestación política o su compromiso político respecta. No debemos olvidar que el arte al igual que lo político es público, para que la obra exista ha de ser vista, no existe un arte privado. De allí, que el arte es una manifestación política donde el hombre piensa el mundo y todo lo que le rodea, aprehendiéndolo en el decir. ¿Es entonces el decir lo que produce el autor? ¿La obra es un decir metafórico que plantea desde lo simbólico una realidad que no está o se ha pensado? ¿El autor produce la realidad fáctica o la realidad posible?

El hombre se dedique a lo que se dedique está sumergido en un contexto que él construye y lo construye, está determinado dentro de lo social por unas relaciones sociales dadas a partir de la producción. Ese estar determinado por un constructo social que siendo producto propio lo termina determinando por una serie de fenómenos o instituciones en una relación de poder encaminadas a mantenerlo sumergido en una realidad construida que por medio del discurso de otras disciplinas le hacen ver como necesarias o como verdad, es lo que hace que el autor por medio de la obra sea un revolucionario. Como dice Benjamín, no se dedique a informar sino a luchar.

Entonces el arte es lucha y, lo es sólo en la medida en que el autor ha tomado conciencia de su estado y del estado de las cosas, a partir de allí, su obra es una propuesta política, una denuncia. ¿En eso recae el compromiso político, la calidad y la tendencia de la obra? ¿Crear una conciencia colectiva es el producto del autor? ¿Pero, esa conciencia colectiva se produce en la obra y no en el mundo exterior? El arte parece presentar el momento histórico en el cual se desarrolla, es decir pertenece a un tiempo y lugar determinado. Obsérvese que hemos dicho presentar y no representar, lo que implica que en el arte lo que hay es la realidad dicha pro otro medio: el juicio. La producción artística está de esta manera anclada en las esferas sociales de lo vivo, en las cotidianidades de los hombres.

Ese anclaje en lo social es lo que le permite al autor llevar su pensamiento individual a convertirse en un pensamiento colectivo, a través de la publicidad de la obra donde los espectadores de la misma se encuentran ante un juicio que les pertenece. ¿La conciencia que se produce es entonces llevar al reconocimiento de aquello que a los individuos los afecta? ¿El papel político del arte es guiar hacia ese reconocimiento que genere una conciencia sobre los fenómenos que dominan las relaciones de poder y generar una conciencia de lucha? ¿Qué es la lucha en este aspecto, sobre todo si se busca llevar la deshumanización de lo social a lo humano a través del arte?

Lo anterior deja ver, que el autor no es distante ni ajeno a quienes comparten con él el mundo, sólo en esa medida su pensar no es distante, es cercano. El problema es que el autor se aísla de la realidad, se considera un mensajero, un mesías que hace de su juicio una profecía. Esto ocurre cuando cae en ese discurso que lo dibuja como un ser superior, lo que hace que su decir pierda la validez de la experiencia y termine siendo superfluo. Esa superfluidad del decir del autor es una forma de desacreditar su pensar, contra esa invalidación de su producto es lo primero que debe luchar el autor. Así éste puede tomar conciencia de su ser político para asumir la responsabilidad que esa conciencia implica. El primer producto del autor es la producción de su ser político, su estar en el mundo y con el mundo.

De esta forma la solidaridad del autor con los hombres se hace perceptible precisamente porque en esa conciencia política, el autor se acerca a los hombres en el pensar la sociedad y los fenómenos sociales que los mantienen en estados deshumanizados. El paso de la violencia que es inherente a lo social, a la pacificación que contiene el arte se convierte en el fin del producto del autor. Las relaciones de poder que se da en lo social, se transforma en una relación de producción creadora, no de construcción. Transformar los espacios públicos en espacios de juicio, de decir, es lo que dará al autor un status de productor político, es decir, de compromiso con los demás. ¿Es así como el arte es acción que produce lo político? ¿El autor es un actor que se hace producto desde su decir? ¿La conciencia particular se transforma en conciencia general en la solidaridad política, solidaridad que no se despliega en lo social?

martes, 9 de agosto de 2011

FLUCTUACIONES

Ambos sabíamos que a veces nuestros planes consistían en compartir nuestros silencios, en callar, no por otra cosa que por puro agrado, por puro deleite y odiábamos la idea de forzar las palabras, de obligarlas a convertirse en sonidos. Considerábamos este hecho una ofensa y un grave atentado a nuestro no-decir. Sabíamos que en esos momentos de total abandono, las únicas palabras que rondaban nuestras cabezas eran las que había sembrado en su diccionario Ambrose Bierce: “HABLAR: Cometer una indiscreción sin necesidad movidos por un impulso sin propósito”[1]. Nuestros silencios, simples en esencia, carecían de todo tipo de reflexión o pensamiento: ni reteníamos ni creábamos ni imaginábamos ni evocábamos. Sólo un silencio puro, inocente, sin interés. No sabíamos cuánto podía durar: un minuto, una hora, un día… y tampoco en qué lugar nos sorprendería: en el sofá de la sala, en la silla del bus, en la mesa del bar… En todo caso, era una forma de expresión especial que disfrutábamos mutuamente.

Pero esa noche, después de cerrar la puerta y luego del abrazo de bienvenida, supiste que, aparte del silencio que te compartía, tenía otro, denso, brumoso, cobijado por un manto melancólico, suspendido entre la angustia y el hastío y que provenía de alguna situación, por lo visto, dolorosa. Un silencio de pocos segundos, escaso, pero intolerable.

Me miraste fijamente como tratando de reconocer mi rostro y después de unos segundos y sin moverte uno sólo centímetro me dijiste que tenía cara como de burro apaleado, que no podía disimular mis ganas de pegarme un tiro o de lanzármele a un bus. Que nunca antes había visto tanta soledad y desolación en mis ojos, que estaba completamente abatido, golpeado, devastado, que no sabía qué era mejor, si conmoverte o preocuparte. Te dije que ninguna de las dos. Que si lo que te preocupaba era que fuera a acabar con mi vida, que entonces no había por qué generar pánico, que no estaba entre mis planes matarme, que los dos sabíamos muy bien que el suicidio era la manera más fácil de salir de nuestros sufrimientos y taras. Te dije que aunque la existencia en sí misma no tenía ningún propósito, si tenía algún valor era precisamente soportarla en total desnudez, desligado de la quimera, de lo aparente y estúpido, en un mundo quimérico, aparente y estúpido. Además, que era totalmente incapaz de pegarme un tiro o lanzármele a un bus por simples cuestiones estéticas. Que si tu preocupación era que se te fuera a pegar algo de mi mal, te dije que perdieras cuidado, que el dolor es personal e intransferible.

Sin más, te pedí que te sentaras mientras me tomaba el último sorbo de tinto ya frio que quedaba en el pocillo en forma de rana que me había regalado mi sobrina menor. Te acercaste a la mesa, tomaste el libro que estaba abierto y al mismo tiempo que te sentabas en el taburete leías en voz alta la parte subrayada del poema: “Soy un extraño ante mis propios ojos,/ un nuevo soñador, un peregrino/ que ayer pisaba flores y hoy… abrojos”[2]. Entonces te dije que de todos modos no éramos más que estados de ánimo, contradicción, constante negación, los opuestos de nosotros mismos. Que en mi caso, había noches en las que, después de desengañarme, sufría la retaliación de la esperanza: dolor de exiliado. Te conté que de cuando en cuando era testigo de cruentas peleas entre mis demonios y que, por tratar de mediar las situaciones, se venían contra mí, atacando con todas sus fuerzas, que por eso a veces mi cara de burro apaleado.

Cerraste el libro con algo de fuerza, lo pusiste nuevamente en la mesa y me dijiste que tal vez mis demonios se comportaban así porque siempre los sacaba a solas en medio de ese silencio escalofriante y devastador, que de pronto necesitaban alguna diablita que les alegrara la vida, que les hiciera renovar toda fe y toda esperanza. Que necesitaban algún tipo de distracción, que los sacara a la calle, a la luz, a los bares, que sintieran que a veces era bueno el olor a cigarrillo y alcohol. Te confesé que a veces los llevaba a rondar tiendas, a vagar por las noches y a impregnarnos con un poco de su aroma, pero que el resultado no siempre era alentador porque volvían más devastados que de costumbre, que ellos sabían muy bien que todo tipo de distracción era una forma de engaño disfrazado para ocultar el sinsentido de la vida, que ellos habían decidido abandonarse por completo al sin-propósito, a la renuncia y despojamiento de todo acto o contenido. Que por esa razón sólo salían en momentos de completa soledad, cuando el embrujo que propone la luz, el ruido y el tiempo se desvanece.

Y entonces me dijiste que ya no estaba solo, que todavía había ruido, que el reloj no se había detenido aún y que además, a falta de una, había muchas luces, que la cuestión era escoger una y entrar ahí. Que no perdiéramos más el tiempo, que dejáramos para otro día las cuestiones metafísicas, que si aquel filósofo rumano-francés había preferido recorrer toda Francia en bicicleta en vez de dedicarse a escribir su tesis doctoral, por qué yo no podía darle asueto a mis demonios. Que no dejáramos que la noche nos devorara sino que la devoráramos a ella, o al menos a una cerveza, que no era momento para ningún silencio o soledad, que tampoco para demonios o tedio o angustia y que mucho menos para estar con cara de burro apaleado; que 330 centímetros cúbicos de líquido rojizo y espumoso y 4.7 por ciento de contenido aproximado de alcohol en volumen esperaba en algún rincón de la ciudad por nosotros.

Mientras me tomabas del brazo y me sacabas a empujones, recordaba un aforismo del mismo señor que había preferido la bicicleta que la tesis: “El único medio de salvaguardar la soledad es hiriendo a todo el mundo, empezando por aquellos que nos aman”[3]. Y me acuerdo muy bien de esa noche, de lo que dijimos y también lo que callamos porque fue la última vez que te vi… hasta hoy.



[1] Bierce, Ambrose Gwinnet (2005). El diccionario del diablo. Barcelona: Galaxia Gutenberg; Círculo de lectores.

[2] Algunos versos del poema de Julio Flórez titulado Resurrecciones.

[3] Cioran, E.M. (1992). Odisea del rencor. Escritos escogidos. Medellín: Holderlin. Pág. 39



sábado, 30 de julio de 2011

FENOMENOLOGÍA DE PELUQUERO




El mundo de la vida en su aparecer histórico nos devela en todo momento sus sentidos, de un modo fundamental; de ahí, que para re-encontrarnos con él, es necesario indagar por el carácter de su intencionalidad, de su manifestarse, pues, su aparecer siempre está a la mano nuestra, sino que para ir a él: hay que rodearlo, ceñirlo, rondarlo, caminarlo y finalmente escrutarlo para tener algo que decir de su esencia. Para ello -al develarnos- tenemos que plantarnos en mitad de la ancha calzada de la existencia, y decir qué vimos. Por tanto el siguiente intento descriptivo será mi toma de conciencia a partir de la obra El Rinoceronte de Pietro Longhi. Fijaos bien en la pintura, antes que nada. Veamos entonces: el lienzo, el tamaño, los colores, la tribuna y los que allí espetan, la barrera, la mano que se alza y fustiga, los rostros que nos indican algo, el animal.
          Allá en el fondo una mujer me acecha, se esconde tras la nada que mira: lo que la identifica. Cómo acércame a ella, cuando tengo frente a mí, algo más que una simple mirada distante, pues, eso que está ahí es mi semejante, mi correspondiente: mi igual. En esta mujer me detendré para indicar el punto de partida, el inicio, la reflexión, el orden y el desarrollo de la idea –creo- esconde el lienzo.
Pienso en la voz, en la palabra articulada, sino hay rostro, no existe el sonido que comunica algo, que crea lo originario, la acción, finalmente: el verbo. Pero entonces qué tengo; -una imagen-, pero qué clase de imagen es. Carece de boca, de nariz, de un solo rasgo en la cara. Tiene un cuerpo, pero qué me puede indicar unas extremidades sin un rostro: quizás negación. Qué nos niega entonces: su naturaleza, su apellido, su arte, su ciencia, su fisonomía, su historia, su origen. De allí que me obliga a deconstruir, a pensar el sino de la niña y de la dama que la intima sobre lo que ve, creo entender que ambas están siendo ella, o sea, la unidad.
Volvamos otra vez al lienzo, a los personajes, a las tres mujeres y una más en mitad de un cuarteto, dos sujetos parados muy cerca, sus cuatro manos desaparecen detrás del montículo. Ella se traslapa, sabe lo que tiene y como se desvanecen las fuerzas vitales de lo que pre-siente y de lo que sentiría encima suyo con la estampida del joven animal. Los otros dos son el vórtice, espectan, devienen, juguetean con la mirada. Participan con la otra cosa, que está ahí, delante, puesta, aparecida, substanciada, incólume, vuelta sobre ella misma, pues el mundo es el mundo y el heno es el heno.
  Arriba la trinidad, y en medio del principio y el fin un faro a medio encender, una mascara que sujeta un rostro, o quizá un necio pretexto de la dama, para indicarnos un comienzo, o sea un momento de reflexión. Que está bien arriba, que bien se ve abajo dicen las señoras cuando van al peluquero, las oigo decir, cuando acompaño a Lucia al salón de “Belleza”.
Ayer por ejemplo le mostré la imagen del cuadro de Longhi; se fijó en la bestia como si nada, tan sólo me dijo: “A la mujer de arriba le faltó maquillarse”, luego soltó una risa, y me preguntó que para qué era eso; -le respondí que era una descripción fenomenológica-, entonces volvió a reír; “Más bien vamos a donde Tony, pues quiero tíntarme el pelo” pero antes de entrar me miro de reojo para decirme “ –Sabes- , Eva nunca tuvo un rostro hasta que probó del árbol del la ciencia” y como yo suelo decirle a ella, cuando bailamos vallenato, y logra cogerme el paso; –La cosa va por “ahí”, entonces ella, -agrego- la cosa del rostro va por ahí señor de Curumaní- pensé en Lévinas; y ella nunca leería a Lévinas, pues el tipo está muerto y Lucia con los muertos poco comulga. La regla es que cuando vamos al peluquero echamos pico y la pala sobre los que vagan en el mundo.
Ahora estoy en este salón de clases, y no veo un [lava cabezas], o un espejo para ver el sentido de mis ojos. Tampoco existe un secador de pelo. Pero tenemos pupitres donde sentarnos, y un tablero, y unos rostros que me miran, unos ladrillos que se repiten hasta el infinito. Entonces me obligo a pensar el cuadro desde lo mencionado ayer por Lucia que “Eva nunca tuvo un rostro hasta que probó del árbol de la ciencia”, al mirar de nuevo a la mujer empiezo a comprender el sentido de la escena, el milagro de la oscuridad empieza a declinar, veo la forma de su nariz, el tamaño de la boca, el color de sus labios, de repente entiendo que yo soy el que dibuja la imagen en mi memoria, el que devela un horizonte en la mirada altiva de la mujer por encima de todos.
Ella [la mujer en el cuadro] está ahí para que yo le devuelva un rostro, -pero cuál-; el de Eva, Cleopatra, María la madre Dios, el de La Magdalena quizá, el de Teresa de Jesús, Eloisa, George Sand, Juana de Arco, Policarpa, Manuelita Sáenz, mi abuela Dolores, Elizabeth la señora que me sirve el tinto donde trabajo; Lucia -en fin... están todas allí de pie para que nos perdamos en sus adentros, con sus remotos confines desde el paraíso: quizá sean ellas las que me contienen.
Toda imposibilidad posible está ahí, en un solo cuerpo que sostiene una mascara. Dentro de la mujer está el principio de la creación y junto a ella la trama que se repite. Volvamos los ojos entonces al principio, al fondo de la respuesta de Lucia; al árbol, a las hojas, a las ramas, a la semilla, a la sombra se que proyecta, su medio día, a la raíz, al color, al olor de la madera. Veo de nuevo el rostro de la dama, noté que de él sobresalen todas las mujeres anónimas que conozco, y nunca conoceré. Van de camino a todas partes, no existe ni oriente, ni occidente, todo está en el centro, en el punto, en la escena, en la vida real. Ella [la mujer del cuadro] es lo real, como mi madre cuando la miro, veo temblar sus manos, su mirada se pierde junto con la mía y el árbol de la ciencia no puede curar su estado.
Un sino oscuro, o negro, tiñe mi cielo, mi bóveda interior, un extraño presagio; es la dificultad de encontrar un maquillaje que supere la profundidad del asunto. ¿Cómo sabemos cuál es la edad adecuada de una mujer?, o el rubor propio para ella. Si es casada cambian las tonalidades de su rostro, si es viuda también, soltera, o en el mejor de los casos que sea de la vida buena, no podemos hacer nada si se carece del sentido de lo femenino. De niño anduve en medio de sus cuchicheos, de sus ires y venires. Siento sus pasos por toda la casa, el de mi abuela, digamos. Ella hablaba con firmeza, de sus años de vida, de su experiencia cuando Gaitán fue muerto; de la violencia asesina llegada de los Santanderes. De las seis niñas y tres niños que trajo al mundo como solía decir. Alguna vez mencionó que a Dios le era más fácil ser hombre que bestia; miro el cuadro de Longhi y sonrío de nuevo.
Bueno es hora de volver al punto, a la mascara. Su esencia constituye el modo de un aparecer, la manera como nos deslizamos hacia el centro del punto, viene a ser lo constitutivo. Hay un vacío por su puesto, una malla que se interconecta y configura el rostro. No podemos precisar el fondo o el grosor de lo que anuncia. Simplemente tenemos frente a nuestros ojos su intención, en otras palabras poseemos un arte que es la pintura como manifestación de la vida, en ello habita el espíritu que permite que la mujer sea la esencia de lo que nos interesa describir. En ella subyace una físis que no es el lienzo. Un sentimiento que abarca la totalidad de la obra, existe y lo sentimos, este sentir no es otra cosa que: el Ser.
Continuemos en ese sentido por el sendero. La mujer me remite a la palabra, y de ella sale una voz. Tal aliento es el despliegue de lo que ahora contemplo, o sea, lo universal de la esencia mujer. Este hálito yo lo determino: “El silencio de lo Real”. Es el despliegue de la conciencia que anima el sentido de nuestra humanidad, y esta mujer es a penas uno de los modos del aparecer en la realidad, de la potencia creadora, o sea la palabra fulminante hecha carne, ora tiempo, ora espacio. Mi ver, no es un mirar aparente, pues, la mascara es la ante-cámara al sentido de lo que ella encierra. No es un fundamento explicativo de la realidad, sino que es el temple de la presencia ya frente a mí lo que anima mi reflexión. Es lo tajante cuando veo de esa mascara salir el rostro de Lucia –pensemos-. Allí, ella frente a mí, en el salón con el peluquero, permite comprender el desvelarse de la conciencia, límpida, sin intermediación, esto es lo constitutivo del ser ahí, siempre fundante y cosmetológico.
La mujer detrás de la mascara es lo objetivante, lo primordial, en términos usuales, es el conector entre el decir del Ser, y el aparecer de la conciencia. Intelegir tal apertura de la mujer, da como resultado de inmediato un reconocimiento, una acción ya de ante-mano constitutiva de la esencia, en términos Huserlianos ella es lo correlativo a mí, deja de ser sólo conciencia de sí para adentrase en las región del mundo de la vida: entra a mí morada. A participar de lo categorial de la mundaneidad. Por tanto el Ser deambula en mis fronteras siendo Lucia, quien suele ir al peluquero, que detesta a los intelectos filosóficos. Ella que ríe mientras yo intento desembarazarme de los monstruos de la fenomenología, guarda su mascara en su mesita de noche, me dice que por si las moscas, pues argumenta que un buen día le puedo llegar siendo un cíclope. Iré, o volveré a su casa para que tratemos fenómenos de otro orden, que darán lugar a pensar el fenómeno de la obra de arte que nos presentó alguna vez el profesor Ángel María Sopó (año 2007), pues, allí donde Lucia yace, también encuentro heno en las noches para comer.