martes, 21 de mayo de 2013

TE OBSEQUIO



Te obsequio las mañanas de pereza
en las que doy vuelta en la cama y el mundo me da asco,
el viento que entra por la ventana y se lleva el olor a lentejas de la sala,
la uña que me corté con los dientes por la ansiedad de perder un centavo.
Te obsequio
los cabellos que dejas en mi almohada
el aliento que se te escapa y que se esconde en mi cuello
el olor a vos que se quedó en la camiseta roja
la noche sin estrellas y sin luna
Te obsequio las palabras que heredé de mis padres
y que ellos heredaron de mis abuelos,
el silencio que dibuja tu ausencia de sopa
el vacío que deja tu cuerpo en mis manos.
Te obsequio lo que has despertado en este cuerpo imperfecto
las alucinaciones, las fiebres, los afanes, los poetas, las poetas,
las páginas que he leído y las que paso sin detenerme en ellas,
las tardes perdidas del mendigo que habita en mi pensamiento.
Te obsequio
tus desvaríos
tu compañía por trozos y trazos
tus palabras-poros
tus anécdotas de escuela
tus tristezas sin lágrimas
tus alegrías repentinas
tus secretos y angustias.
Te obsequio
el hijo que he soñado
la muerte que me espera desnuda en un laberinto sin fauno
la tarde en la que escribo este obsequio
las gotas de lluvia que castigan la pared
los sueños que seguro no realizaré
mis fracasos, mis bendiciones.
Te obsequio
tus incertidumbres
tus negativas
tus juicios
tus enredados cabellos
tu piel amarilla
tu pies grandes
tu cuerpo de astro
Te obsequio
mis desvelos
tus desvelos
mis abrazos
tus abrazos
mis esfuerzos
tus esfuerzos.
Como ves te obsequio todo, no quiero quedarme con nada
te obsequio
no se que más obsequiarte
no tengo nada más.

miércoles, 1 de mayo de 2013

LA OLLA PODRIDA DEL 1ro. DE MAYO


En el día del trabajo de qué podríamos hablar, sino de sindicatos, de marchas, de obreros, de largas manchas humanas que van al centro de las plazas, por ahí, por las calles se descuelgan las momias de las luchas sociales, por todo el mundo, al menos la globalización nos acerca en las miserias humanas de Occidente con las de Oriente: españoles, griegos, franceses, italianos, chinos, tailandeses, coreanos, malayos, cubanos, chilenos, venezolanos o argentinos salen de sus pocilgas a beberse los últimos sorbos de una economía podrida y mal oliente.

Todos se juntan para recordarse que aún son materia monetaria, masa y tejidos adiposos que nutren el sistema financiero. Exigen, exigen, exigen, pero honestamente qué piden, acaso más dinero, menos horas de trabajo, un poco menos de esclavitud, la verdad -creo- y pienso en los que alguna vez lo hemos hecho, de ir como autómatas a nuestras propias ferias equinas, no sabemos exactamente qué nos mueve a hacerlo; sin embargo para nuestros pedazos de estómagos y de corazones, lo importante es que lo hacemos, ciegos y distantes lo hacemos “religiosamente”, a pesar de la circunstancias globales, el hombre confía en el sistema que los oprime, espera en que les lleven el pan a la mesa, en que les conviertan a sus hijos en embutidos renovados, en excrementos llenos de innovación  y competitividad que no les cause malestar existencial.

El juego de las mascaras, el deseo hecho pensamientos, así funciona la morada del arquitecto global, el dinero. Todos lo queremos, todos quieren su babas ácidas, sin importar su forma, lo deseamos, en piedras, en billetes imaginados, en barras de plomo o de oro, en pedazos de tela que nos hacen el mejor o los peores vestidos, lo queremos y lo deseamos en invenciones como las tecnologías, o tal vez, queremos al escurridizo dinero en forma de vacas o de lotes valorizados, sin importar la edad o el estrato, sabemos que nuestras desfallecidas carnes son el medio para tal fin, y para gozo de los avaros el Trabajo o la fuerza humana, es quien posee el secreto de las manzanas que el Rey Midas esconde bajo las sotanas o el abrigo de piel.

El trabajo es conseguir la dignidad suficiente para que dejemos de desear a quien nos arranca las entrañas, dignidad para no firmar el trato con quien nos roba el alma y las ganas de vivir, no pactar, por así decir, con el diablo nuestra propia decadencia moral y política. Deberíamos todos vivir como Emil Cioran, es decir, vivir nuestra única existencia humana sin ser devorados por el maquinismo global, sin mover un musculo que represente ganancia para alguien, volver al seno de nuestro más puro salvajismo y que sean nuestras entrañas las que nos devoren nuestra ultima gota de vida, de aliento, sin estremecimientos, sin espectáculos televisivos, sin hombres o mujeres valientes que nos ofrezcan sus miserias mesiánicas de la salvación o la redención.

Obreros, marxista, maoístas, izquierdistas, progresistas, socialistas, en fin toda esa especie de correlato dantesco del hombre masa, deberían quedarse en silencio sin volver a las plazas, a las fabricas, a los centros comerciales, a las calles, una semana es suficiente para que el sistema se rompa, y cuando todos los avaros se hayan suicidado volver a la tierra a dejar que ella nos devore, a que nos consuma de un modo distinto, vital, de un modo al menos decente, según sus propias circunstancias. Volver a la naturaleza sin cavilaciones desarrollista o progresistas, dejar de imaginar reinos y potestades, sistemas o principios: volver a lo que nunca hemos sido capaz de volver a ser: hombres o mujeres, espejos de la vida o de la muerte, principio y fin de un vida llena de vida o de unos brazos hechos para el Amor y no para la guerra.