martes, 27 de diciembre de 2011

"NI EL ÑAME ES COMIDA, NI EL VALLENATO ES MÚSICA Y NI EL COSTEÑO ES GENTE"



En un acto de absoluta soberbia, y quizás también en un absoluto despropósito conceptual, peligroso, grosero, e iracundo, un hijo de la más nobles familias, de aquellos que seguramente formaron a su modo la casta, la originaria, sublime y necia sociedad blanca y pura, en lo que hoy se conoce como el “eje cafetero”, los cuales fueron en su momento el motor del labrado, siembra y conservación de la cultura del café, -tuvo- insisto, las groseras palabras a mi modo de ver de decirme que: “Ni el ñame es comida, Ni el Vallenato es Música, Ni el Costeño es Gente”. De este modo queda dicho y entre dicho cuáles son los valores, que nos mueven como pueblo, como cultura y como Estado Social de Derechos. Lo digo porque seguramente a más de uno le parecerá gracioso el apunte, que bien valen la pena ser analizados de forma más o menos coherente. Pues el ñame, así como la papa, el plátano, la yuca, el maíz, la malanga, o el frijol constituyen la base no solo de una región, para el caso Colombiano, sino que encarna el sentimiento por la tierra, y sin lugar a dudas por el origen de nuestra experiencia como Latinoamericanos, es decir, lo que comemos, bailamos y sentimos son el fruto de doscientos años de mestizaje.

De igual modo la música, para el caso del Vallenato, no es solo el repique de un tambor, o el solipsismo de una guacharaca, o el simple sonido de un acordeón, no es de ningún modo un monologo de una cultura atravesada por el sabor y el olor por la vida alegre, vital, eufórica o relajada, sino que en suma somos de algún modo un todo que entrecruza la belleza cultural del blanco, del negro africano, del indio, del Árabe, del europeo, en fin... ser Costeño es una cuestión de reconocimiento por el Otro, somos quizás la región donde todo aquel que respire nuestro propio aire, nuestra nostalgia, nuestro amor por lo lejano y lo cercano será siempre hijo del mar, del río, de la laguna, de la montaña, del indio padre y madre de todo el Continente Americano, nuestras riquezas a parte del ñame, el Vallenato, la yuca, el plátano, el pescado, es que somos y dejamos que el Otro sea en su propósito de ser no importa de que rincón o región del mundo sea, esa es nuestra mayor virtud, quizás cuando Levinas escribió Totalidad e Infinito, no supo que nosotros existíamos, porque a diferencia, del Otro como mi enemigo, nosotros tenemos el valor de decir, que el Otro es mi semejante, y por eso nos gustan las cosas simples como el ñame, el Ron, la hamaca, la casa de bahareque, o el viudo de pescado, es decir, somos y dejamos ser.

Heidegger tardo no se cuánto tiempo tratando de decir, en Ser y Tiempo, un tumulto de cosas, acerca de la otredad, el miedo, el terror, sobre la cuestión del ser ahí, el “Lebenswelt o mundo de la viada” que llaman. Para este personaje, en el lenguaje es donde yace y mora el Ser. Sin embargo hubo uno que de un sólo tajo escribió eso y mucho más, Juancho Polo Valencia en su composición Lucero espiritual, concibe los limites de la mundaneidad en remisión y en propósito del Otro, es decir, a diferencia de Heidegger, Valencia no ve en el Otro mi enemigo, pues, todo Ser y Tiempo es una apología a un racismo que terminó en los campos de concentración Nazi, aunque creo que estoy siendo demasiado generoso al decir, de Heidegger cosas tan importantes cuando quizás sus defensores sepan más que yo al respecto; sin embargo del uso de su lenguaje rebuscado, baste decir, que sirvió para perseguir y reafirmar el espíritu de lo europeo en la nobleza del Ario o blanco legitimo, y en la fealdad de todo aquello que oliera a judío, negro, etc. -tal vez- quizás cabía también por ahí el occidental amerindio; se concentró entonces todo un poder por la eliminación del Otro, ya sea racial, visual, verbal o directamente por el uso de las armas como sino de la puesta en marcha de la xenofobia que terminó en los hornos crematorios o las cámaras de gases, pues una cosa es que los judíos les guste el dinero, y otra muy distinta es, asumir que tienen que ser borrados del mapa, bajo el supuesto de la cuestión religiosa.

Y si el Costeño no es gente, entonces el arroz con coco, así coma la “mazamorra paisa” son simples esperpentos de la razón criolla, y la delicadeza de su cultura son el producto de un imaginario colectivo que nos enseñaron los eruditos de la internet o en la plaza pública cada vez que se festeja un reinado en todo el territorio nacional, así que a mi amigo manizalita, cuyo ojos azules lo acercan un poco más a lo divino que a lo terreno toca dejarlo cerca al Río Badillo, para que escuche un Rumor de Ranchería, y le construya a la mujer de sus sueños una Casa en el Aire, y le dedique una canción en la Ventana Marroncita, donde el jilguero de América le sirva de ruiseñor, y cuando los Tiempos de las cometas le sean propicios a su razón criolla, espero deje de estar como las gallinas echándole flores a las de abajo, pues, ni somos gallos de pelea y tampoco vivimos solo del aguardiente y el tabaco, pues, somos más que eso, somos un mar de sentimiento que todo lo volvemos poesía, es decir, -para que entienda- nos reafirmamos en el Vallenato y nos sentimos orgullosos de nuestro bastimento, del mismo modo no andamos soñando con caviar en plato hondo, pues, gracias a los Dioses Costeños tenemos el huevo de coroncoro, y hemos entendido desde muy niños que las burras son burras y los paisas son paisas, y con todo el respeto eso sí que usted se merece; !ojala¡ Todo fuera ñame y Vallenato.

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