martes, 9 de agosto de 2011

FLUCTUACIONES

Ambos sabíamos que a veces nuestros planes consistían en compartir nuestros silencios, en callar, no por otra cosa que por puro agrado, por puro deleite y odiábamos la idea de forzar las palabras, de obligarlas a convertirse en sonidos. Considerábamos este hecho una ofensa y un grave atentado a nuestro no-decir. Sabíamos que en esos momentos de total abandono, las únicas palabras que rondaban nuestras cabezas eran las que había sembrado en su diccionario Ambrose Bierce: “HABLAR: Cometer una indiscreción sin necesidad movidos por un impulso sin propósito”[1]. Nuestros silencios, simples en esencia, carecían de todo tipo de reflexión o pensamiento: ni reteníamos ni creábamos ni imaginábamos ni evocábamos. Sólo un silencio puro, inocente, sin interés. No sabíamos cuánto podía durar: un minuto, una hora, un día… y tampoco en qué lugar nos sorprendería: en el sofá de la sala, en la silla del bus, en la mesa del bar… En todo caso, era una forma de expresión especial que disfrutábamos mutuamente.

Pero esa noche, después de cerrar la puerta y luego del abrazo de bienvenida, supiste que, aparte del silencio que te compartía, tenía otro, denso, brumoso, cobijado por un manto melancólico, suspendido entre la angustia y el hastío y que provenía de alguna situación, por lo visto, dolorosa. Un silencio de pocos segundos, escaso, pero intolerable.

Me miraste fijamente como tratando de reconocer mi rostro y después de unos segundos y sin moverte uno sólo centímetro me dijiste que tenía cara como de burro apaleado, que no podía disimular mis ganas de pegarme un tiro o de lanzármele a un bus. Que nunca antes había visto tanta soledad y desolación en mis ojos, que estaba completamente abatido, golpeado, devastado, que no sabía qué era mejor, si conmoverte o preocuparte. Te dije que ninguna de las dos. Que si lo que te preocupaba era que fuera a acabar con mi vida, que entonces no había por qué generar pánico, que no estaba entre mis planes matarme, que los dos sabíamos muy bien que el suicidio era la manera más fácil de salir de nuestros sufrimientos y taras. Te dije que aunque la existencia en sí misma no tenía ningún propósito, si tenía algún valor era precisamente soportarla en total desnudez, desligado de la quimera, de lo aparente y estúpido, en un mundo quimérico, aparente y estúpido. Además, que era totalmente incapaz de pegarme un tiro o lanzármele a un bus por simples cuestiones estéticas. Que si tu preocupación era que se te fuera a pegar algo de mi mal, te dije que perdieras cuidado, que el dolor es personal e intransferible.

Sin más, te pedí que te sentaras mientras me tomaba el último sorbo de tinto ya frio que quedaba en el pocillo en forma de rana que me había regalado mi sobrina menor. Te acercaste a la mesa, tomaste el libro que estaba abierto y al mismo tiempo que te sentabas en el taburete leías en voz alta la parte subrayada del poema: “Soy un extraño ante mis propios ojos,/ un nuevo soñador, un peregrino/ que ayer pisaba flores y hoy… abrojos”[2]. Entonces te dije que de todos modos no éramos más que estados de ánimo, contradicción, constante negación, los opuestos de nosotros mismos. Que en mi caso, había noches en las que, después de desengañarme, sufría la retaliación de la esperanza: dolor de exiliado. Te conté que de cuando en cuando era testigo de cruentas peleas entre mis demonios y que, por tratar de mediar las situaciones, se venían contra mí, atacando con todas sus fuerzas, que por eso a veces mi cara de burro apaleado.

Cerraste el libro con algo de fuerza, lo pusiste nuevamente en la mesa y me dijiste que tal vez mis demonios se comportaban así porque siempre los sacaba a solas en medio de ese silencio escalofriante y devastador, que de pronto necesitaban alguna diablita que les alegrara la vida, que les hiciera renovar toda fe y toda esperanza. Que necesitaban algún tipo de distracción, que los sacara a la calle, a la luz, a los bares, que sintieran que a veces era bueno el olor a cigarrillo y alcohol. Te confesé que a veces los llevaba a rondar tiendas, a vagar por las noches y a impregnarnos con un poco de su aroma, pero que el resultado no siempre era alentador porque volvían más devastados que de costumbre, que ellos sabían muy bien que todo tipo de distracción era una forma de engaño disfrazado para ocultar el sinsentido de la vida, que ellos habían decidido abandonarse por completo al sin-propósito, a la renuncia y despojamiento de todo acto o contenido. Que por esa razón sólo salían en momentos de completa soledad, cuando el embrujo que propone la luz, el ruido y el tiempo se desvanece.

Y entonces me dijiste que ya no estaba solo, que todavía había ruido, que el reloj no se había detenido aún y que además, a falta de una, había muchas luces, que la cuestión era escoger una y entrar ahí. Que no perdiéramos más el tiempo, que dejáramos para otro día las cuestiones metafísicas, que si aquel filósofo rumano-francés había preferido recorrer toda Francia en bicicleta en vez de dedicarse a escribir su tesis doctoral, por qué yo no podía darle asueto a mis demonios. Que no dejáramos que la noche nos devorara sino que la devoráramos a ella, o al menos a una cerveza, que no era momento para ningún silencio o soledad, que tampoco para demonios o tedio o angustia y que mucho menos para estar con cara de burro apaleado; que 330 centímetros cúbicos de líquido rojizo y espumoso y 4.7 por ciento de contenido aproximado de alcohol en volumen esperaba en algún rincón de la ciudad por nosotros.

Mientras me tomabas del brazo y me sacabas a empujones, recordaba un aforismo del mismo señor que había preferido la bicicleta que la tesis: “El único medio de salvaguardar la soledad es hiriendo a todo el mundo, empezando por aquellos que nos aman”[3]. Y me acuerdo muy bien de esa noche, de lo que dijimos y también lo que callamos porque fue la última vez que te vi… hasta hoy.



[1] Bierce, Ambrose Gwinnet (2005). El diccionario del diablo. Barcelona: Galaxia Gutenberg; Círculo de lectores.

[2] Algunos versos del poema de Julio Flórez titulado Resurrecciones.

[3] Cioran, E.M. (1992). Odisea del rencor. Escritos escogidos. Medellín: Holderlin. Pág. 39



sábado, 30 de julio de 2011

FENOMENOLOGÍA DE PELUQUERO




El mundo de la vida en su aparecer histórico nos devela en todo momento sus sentidos, de un modo fundamental; de ahí, que para re-encontrarnos con él, es necesario indagar por el carácter de su intencionalidad, de su manifestarse, pues, su aparecer siempre está a la mano nuestra, sino que para ir a él: hay que rodearlo, ceñirlo, rondarlo, caminarlo y finalmente escrutarlo para tener algo que decir de su esencia. Para ello -al develarnos- tenemos que plantarnos en mitad de la ancha calzada de la existencia, y decir qué vimos. Por tanto el siguiente intento descriptivo será mi toma de conciencia a partir de la obra El Rinoceronte de Pietro Longhi. Fijaos bien en la pintura, antes que nada. Veamos entonces: el lienzo, el tamaño, los colores, la tribuna y los que allí espetan, la barrera, la mano que se alza y fustiga, los rostros que nos indican algo, el animal.
          Allá en el fondo una mujer me acecha, se esconde tras la nada que mira: lo que la identifica. Cómo acércame a ella, cuando tengo frente a mí, algo más que una simple mirada distante, pues, eso que está ahí es mi semejante, mi correspondiente: mi igual. En esta mujer me detendré para indicar el punto de partida, el inicio, la reflexión, el orden y el desarrollo de la idea –creo- esconde el lienzo.
Pienso en la voz, en la palabra articulada, sino hay rostro, no existe el sonido que comunica algo, que crea lo originario, la acción, finalmente: el verbo. Pero entonces qué tengo; -una imagen-, pero qué clase de imagen es. Carece de boca, de nariz, de un solo rasgo en la cara. Tiene un cuerpo, pero qué me puede indicar unas extremidades sin un rostro: quizás negación. Qué nos niega entonces: su naturaleza, su apellido, su arte, su ciencia, su fisonomía, su historia, su origen. De allí que me obliga a deconstruir, a pensar el sino de la niña y de la dama que la intima sobre lo que ve, creo entender que ambas están siendo ella, o sea, la unidad.
Volvamos otra vez al lienzo, a los personajes, a las tres mujeres y una más en mitad de un cuarteto, dos sujetos parados muy cerca, sus cuatro manos desaparecen detrás del montículo. Ella se traslapa, sabe lo que tiene y como se desvanecen las fuerzas vitales de lo que pre-siente y de lo que sentiría encima suyo con la estampida del joven animal. Los otros dos son el vórtice, espectan, devienen, juguetean con la mirada. Participan con la otra cosa, que está ahí, delante, puesta, aparecida, substanciada, incólume, vuelta sobre ella misma, pues el mundo es el mundo y el heno es el heno.
  Arriba la trinidad, y en medio del principio y el fin un faro a medio encender, una mascara que sujeta un rostro, o quizá un necio pretexto de la dama, para indicarnos un comienzo, o sea un momento de reflexión. Que está bien arriba, que bien se ve abajo dicen las señoras cuando van al peluquero, las oigo decir, cuando acompaño a Lucia al salón de “Belleza”.
Ayer por ejemplo le mostré la imagen del cuadro de Longhi; se fijó en la bestia como si nada, tan sólo me dijo: “A la mujer de arriba le faltó maquillarse”, luego soltó una risa, y me preguntó que para qué era eso; -le respondí que era una descripción fenomenológica-, entonces volvió a reír; “Más bien vamos a donde Tony, pues quiero tíntarme el pelo” pero antes de entrar me miro de reojo para decirme “ –Sabes- , Eva nunca tuvo un rostro hasta que probó del árbol del la ciencia” y como yo suelo decirle a ella, cuando bailamos vallenato, y logra cogerme el paso; –La cosa va por “ahí”, entonces ella, -agrego- la cosa del rostro va por ahí señor de Curumaní- pensé en Lévinas; y ella nunca leería a Lévinas, pues el tipo está muerto y Lucia con los muertos poco comulga. La regla es que cuando vamos al peluquero echamos pico y la pala sobre los que vagan en el mundo.
Ahora estoy en este salón de clases, y no veo un [lava cabezas], o un espejo para ver el sentido de mis ojos. Tampoco existe un secador de pelo. Pero tenemos pupitres donde sentarnos, y un tablero, y unos rostros que me miran, unos ladrillos que se repiten hasta el infinito. Entonces me obligo a pensar el cuadro desde lo mencionado ayer por Lucia que “Eva nunca tuvo un rostro hasta que probó del árbol de la ciencia”, al mirar de nuevo a la mujer empiezo a comprender el sentido de la escena, el milagro de la oscuridad empieza a declinar, veo la forma de su nariz, el tamaño de la boca, el color de sus labios, de repente entiendo que yo soy el que dibuja la imagen en mi memoria, el que devela un horizonte en la mirada altiva de la mujer por encima de todos.
Ella [la mujer en el cuadro] está ahí para que yo le devuelva un rostro, -pero cuál-; el de Eva, Cleopatra, María la madre Dios, el de La Magdalena quizá, el de Teresa de Jesús, Eloisa, George Sand, Juana de Arco, Policarpa, Manuelita Sáenz, mi abuela Dolores, Elizabeth la señora que me sirve el tinto donde trabajo; Lucia -en fin... están todas allí de pie para que nos perdamos en sus adentros, con sus remotos confines desde el paraíso: quizá sean ellas las que me contienen.
Toda imposibilidad posible está ahí, en un solo cuerpo que sostiene una mascara. Dentro de la mujer está el principio de la creación y junto a ella la trama que se repite. Volvamos los ojos entonces al principio, al fondo de la respuesta de Lucia; al árbol, a las hojas, a las ramas, a la semilla, a la sombra se que proyecta, su medio día, a la raíz, al color, al olor de la madera. Veo de nuevo el rostro de la dama, noté que de él sobresalen todas las mujeres anónimas que conozco, y nunca conoceré. Van de camino a todas partes, no existe ni oriente, ni occidente, todo está en el centro, en el punto, en la escena, en la vida real. Ella [la mujer del cuadro] es lo real, como mi madre cuando la miro, veo temblar sus manos, su mirada se pierde junto con la mía y el árbol de la ciencia no puede curar su estado.
Un sino oscuro, o negro, tiñe mi cielo, mi bóveda interior, un extraño presagio; es la dificultad de encontrar un maquillaje que supere la profundidad del asunto. ¿Cómo sabemos cuál es la edad adecuada de una mujer?, o el rubor propio para ella. Si es casada cambian las tonalidades de su rostro, si es viuda también, soltera, o en el mejor de los casos que sea de la vida buena, no podemos hacer nada si se carece del sentido de lo femenino. De niño anduve en medio de sus cuchicheos, de sus ires y venires. Siento sus pasos por toda la casa, el de mi abuela, digamos. Ella hablaba con firmeza, de sus años de vida, de su experiencia cuando Gaitán fue muerto; de la violencia asesina llegada de los Santanderes. De las seis niñas y tres niños que trajo al mundo como solía decir. Alguna vez mencionó que a Dios le era más fácil ser hombre que bestia; miro el cuadro de Longhi y sonrío de nuevo.
Bueno es hora de volver al punto, a la mascara. Su esencia constituye el modo de un aparecer, la manera como nos deslizamos hacia el centro del punto, viene a ser lo constitutivo. Hay un vacío por su puesto, una malla que se interconecta y configura el rostro. No podemos precisar el fondo o el grosor de lo que anuncia. Simplemente tenemos frente a nuestros ojos su intención, en otras palabras poseemos un arte que es la pintura como manifestación de la vida, en ello habita el espíritu que permite que la mujer sea la esencia de lo que nos interesa describir. En ella subyace una físis que no es el lienzo. Un sentimiento que abarca la totalidad de la obra, existe y lo sentimos, este sentir no es otra cosa que: el Ser.
Continuemos en ese sentido por el sendero. La mujer me remite a la palabra, y de ella sale una voz. Tal aliento es el despliegue de lo que ahora contemplo, o sea, lo universal de la esencia mujer. Este hálito yo lo determino: “El silencio de lo Real”. Es el despliegue de la conciencia que anima el sentido de nuestra humanidad, y esta mujer es a penas uno de los modos del aparecer en la realidad, de la potencia creadora, o sea la palabra fulminante hecha carne, ora tiempo, ora espacio. Mi ver, no es un mirar aparente, pues, la mascara es la ante-cámara al sentido de lo que ella encierra. No es un fundamento explicativo de la realidad, sino que es el temple de la presencia ya frente a mí lo que anima mi reflexión. Es lo tajante cuando veo de esa mascara salir el rostro de Lucia –pensemos-. Allí, ella frente a mí, en el salón con el peluquero, permite comprender el desvelarse de la conciencia, límpida, sin intermediación, esto es lo constitutivo del ser ahí, siempre fundante y cosmetológico.
La mujer detrás de la mascara es lo objetivante, lo primordial, en términos usuales, es el conector entre el decir del Ser, y el aparecer de la conciencia. Intelegir tal apertura de la mujer, da como resultado de inmediato un reconocimiento, una acción ya de ante-mano constitutiva de la esencia, en términos Huserlianos ella es lo correlativo a mí, deja de ser sólo conciencia de sí para adentrase en las región del mundo de la vida: entra a mí morada. A participar de lo categorial de la mundaneidad. Por tanto el Ser deambula en mis fronteras siendo Lucia, quien suele ir al peluquero, que detesta a los intelectos filosóficos. Ella que ríe mientras yo intento desembarazarme de los monstruos de la fenomenología, guarda su mascara en su mesita de noche, me dice que por si las moscas, pues argumenta que un buen día le puedo llegar siendo un cíclope. Iré, o volveré a su casa para que tratemos fenómenos de otro orden, que darán lugar a pensar el fenómeno de la obra de arte que nos presentó alguna vez el profesor Ángel María Sopó (año 2007), pues, allí donde Lucia yace, también encuentro heno en las noches para comer.

jueves, 28 de julio de 2011

El JOE ARROYO, HABERMAS Y LOS TRAQUETOS


Cuando el Joe andaba de arrabal en arrabal llenando de sonidos musicales a las temerarias mujeres de vida nocturna, y batiéndose de puro mulato la vida con esas ganas de ser el mejor intérprete de música Caribe, a penas si estaba yo dando mis primeros pasos en ese mundo de calles polvorientas, casas de bareque con techo de palma, donde los hijos y los padres tenían el mismo sentido de respeto por la tradición de sus mayores, vivía yo en Curumaní Cesar. Eran los esplendidos setentas, la época de Hippies, de los primeros cultivadores de marihuana en el Magdalena, la Guajira y el Cesar, época de gamonales e hijos de presidentes como primeros mandatarios, era el germen del narcotráfico en el poder: los López, los Pumarejo, los Char, los Araujos, Gnecco, los Michelsen y así toda una gleba interminable. Tiempos de Rockandroll, de peleas de boxeo al estilo de Pambele, de los mágicos televisores de tubos y a blanco y negro, tiempos de las luchas del M-19, de la estratégica guerra de Vietnam, excusa para meter coca a lo loco por las fronteras de los Estados Unidos, de aquí, de allá, de todos lados. Y una década después estábamos todos los jovenzuelos disfrutando de la locura de los ochenta y las monicongadas de Michel Jackson, fue allí cuando empecé a escuchar al Joe Arroyo y la orquesta la verdad.

Con el Joe aprendí a diferenciar al opresor del oprimido, participe en las primeras resistencias estudiantiles para que nos colocaran baños decentes y ampliaran los cupos para los que teníamos que pedir carticas de autorización para ser recibidos por parte de políticos y figuras importantes de nuestra pueblerina ciudad en el Colegio Camilo Torres Restrepo. Era la década donde las “burras” todavía espiraban poesías eróticas al estilo de Raúl Gómez Jatin, donde los presidentes amantes de la poseía desaparecían a revolucionarios que se perdían en las profundas aguas de las ideas y las libertades, la masacre del palacio de justicia se puedo evitar pero el poeta “presidente” Belisario Betancourt quiso que la sangre manchara los ideales de una generación entera. Eran los tiempos de la guerrilla del ELN en el Departamento del Cesar, nos asuntaban a todos con los diciembres negros, o septiembres negros, mayos negros. Donde el vallenato era el rio Badillo, o la colegiala que escapa de la escuela para verse a escondidas con su ruiseñor, conformaban el alma de una generación que crecimos a punta de “Pickups”; casetas de carnaval y corralejas donde las vacas que serian sacrificadas a la madrugada siguiente eran las protagonistas junto con los borrachos que olvidaban si eran liberales o conservadores.

En los 80´s podemos decir que eran los tiempos de las revueltas campesinas, de los chusmeros y las guerrillas ideologizadas por el olor aún nauseabundo de los marxistas, leninistas, trotskistas y maoístas, donde los profesores gritaban contra el sistema hegemonizante y contra la caterva de ñoños en el poder arengas de igualdad, donde la policía hacía bien su trabajo de sicarios con uniforme, donde la derecha escupía y meaba sobre los cadáveres de políticos, periodistas, líderes sindicales, estudiantes y campesinos. Ni puta idea de que existía un tipo llamado Foucault, y que había muerto dentro de los circuitos de la sexualidad abierta desde los años setenta. O que Habermas hacía gala de su paladar hendido y labio leporino al tiempo que tartamudeando un lenguaje acto para racionales de la primera y segunda guerra mundial, escribía “Teoría de la acción comunicativa”, la cual según dijo un docto de la Universidad Javeriana de Colombia, este expresó que él no escribía para latinoamericanos y menos su tamaña obra para el entendimiento humano centro europeo. Allí en mitad de todo ese barrejobo de tendencias estaba él: Álvaro José Arroyo González, con su sentido humano de las costumbres del Caribe, grabando canciones como Rebelión donde el negro se desempolvaba de sus cuatrocientos años de esclavitud social.

Luego recibimos la década los noventa con líderes de la derecha y la izquierda muertos, Galán y Pizarro, periodo oscuro, donde la política era el estercolero y surgió así la Maravillosa Constitución del 91, el adefesio mejor constituido para disfrute de corruptos y corruptores, era la “Guerra de los Callados”, titulo dado por Arroyo a su trabajo musical de 1990. Era el fin de Pablo Escobar y el nacimiento de los narco-políticos, de los misioneros con pistola en mano haciendo de las convivir el principio de las Autodefensas Unidas de Colombia. Mientras el Joe buscaba escapar de sus propias miserias producto de la soledad y la rumba brava, a nosotros nos embutían a trompicones en el modelo educativo que hoy nos tiene con los índices más altos de analfabetismo disimulado, pues vamos a la escuela a vegetar y recitar de memoria que los héroes de la patria son los policías, soldados y ladrones de cuello blanco. Época de paramilitares y anuncios proféticos como los hecho por Jaime Garzón al referirse al prohombre de la patria Álvaro Uribe Vélez, casado con Lina Moreno, que para desgracia de las Letras y la Filosofía se graduó de esta extraña disciplina en la Pontificia Universidad Bolivariana, -pero qué más podemos esperar de la Atenas de Suramérica-, así como dice el viejo refrán la sarna con gusto no pica, y si pica no mortifica, prendamos velas para ver si algún día la señora del garabato se lleva por fin a todos estos vergajos que hemos tenido como presidentes al mismísimo inferno católico.

Y para terminar este breve resumen que tiene más de historia y tristezas que de las alegres cumbiambas que nos ha hecho cantar y bailar el maestro de la música caribeña, mi señor Joe Arrayo, tengo que decir que en definitiva estos últimos años han sido de traquetos en el poder desde el presidente hasta las señoras de las cafeterías defendiendo el status quo de galleros y gamonales. El Joe fue mezcla de todo eso sórdido paraíso llamado Colombia, sus canciones están llanas de la horrible noche que no cesa, del espanto nocturno que han tenido que padecer nuestros indígenas y campesinos, desde que los bellacos españoles nos invadieron, explotándonos primero con el oro, la plata, la sal, el caucho, el tabaco, el café, y luego con el petróleo, el carbón, la esmeralda, el coltan, el agua y ahora con la compra de oxigeno, vivimos en ese espacio de interrelación en el que como decía el mismo Joe: “Cuando uno se está durmiendo hay un clímax, a todos los seres humanos les vienen tremendas ideas, tremendas cosas”, la cuestión es que en el caso de Colombia y quizás otros países con un mundo lleno de sombras por sus políticas y estrategias la música se convierte en la excusa para decir que aquí no pasa nada, al contrario la música es un instrumento que nos permite tomar posición frente a la realidad. Mejor dicho. Del Joe volveré hablar bajo otras instancias de su legado que permitan abrir un dialogo con su música y su entorno cultural.

miércoles, 27 de julio de 2011

EN DEFENSA DE LA FILOSOFÍA Y LAS HUMANIDADES



Lic. Felipe Calderón Hinojosa.
Presidente de los Estados Unidos Mexicanos.
Mtro. Alonso Lujambio
Secretario de Educación Pública.
La filosofía es y ha sido siempre conciencia crítica, racionalidad y  búsqueda de un mundo en el que impere la justicia. Su enseñanza  permite que el individuo sea más competente y libre. Nuestro país  requiere una educación basada en la conciencia del acto moral (que  proporciona la Ética); en la organización consistente de  nuestros pensamientos (la Lógica); en el conocimiento de las formas de la sensibilidad mostradas en las artes y la literatura (la Estética) y  en el cultivo del diálogo y el respeto a las razones del otro (Introducción a la filosofía). La filosofía propicia una  mejor comprensión de la cultura en que vive de la nación de la cual forma parte. A nadie escapa que nuestra sociedad se encuentra en crisis y requiere de soluciones inteligentes  y urgentes. Su juventud es el sector más sensible porque atraviesa un momento de su existencia en que organizará su autocomprensión del mundo y fundamentará los valores que guiarán su acción futura. Por todo lo anterior, no se puede aceptar que se prive a nadie pero en especial a los que se encuentran cursando la Educación Media Superior, de los bienes de una enseñanza filosófica como lo está haciendo la RIEMS desde que fue puesta en marcha por el gobierno, hace dos años y medio. Tampoco se puede aceptar que un Acuerdo (el 488) que fue producto de nuestro reclamo y que implicó la restitución del campo disciplinar de las Humanidades y la reivindicación de las disciplinas filosóficas como básicas y obligatorias, se pretenda anular mediante argumentos sofísticos que pretenden que todo siga igual: lo primero que está en el orden del día es la necesidad de la enseñanza de la filosofía mediante cursos íntegros que lleven sus nombres clásicos y sus contenidos específicos y que sean impartidos por personas formadas en nuestra profesión; lo segundo, es el método con el cual  se enseñen. No aceptamos, por ningún motivo, que se elimine, disminuya, diluya, disfrace o distorsione la enseñanza de la filosofía y por tanto, reiteramos a las autoridades educativas del país nuestra enfática negativa a que esto ocurra. La autoridad no puede poner oídos sordos, como lo ha hecho hasta ahora, a una enérgica demanda de la comunidad filosófica, científica y humanística, nacional e internacional y menos incumplir los acuerdos suscritos por el Consejo Nacional de Autoridades Educativas y la ANUIES en mayo de 2009, publicados en el Diario Oficial de la Federación (Acuerdo 488) en junio del mismo año, si es vedad que nos encontramos en un estado de derecho. Nuestro país requiere una educación sólida que implique una integración equilibrada de la técnica, la ciencia y las humanidades para lograr que los jóvenes se preparen para los retos del futuro. Esperamos su respuesta.
 México, D.F. 4 de julio de 2011.

domingo, 24 de julio de 2011

A LA MIERDA LA IDEA DE INTELIGENCIA



Hace mucho tiempo he venido escuchando en las opiniones o comentarios de los que saben, de los que sin saber mucho, opinan y, de los que no saben un pito de nada, que tal personaje es inteligente, que maneja o manejó el país con inteligencia, que hizo el pase con inteligencia, que el técnico de la selección hizo un cambio inteligente. Mejor dicho, lo que quiero decir, es que en este país de ladrones y sicarios (palabras de Vallejo), inteligente es sinónimo de trásfuga, tramposo, embaucador, ladrón, sicario, político, negligente.
Debido a lo anterior y a ese espíritu revoltoso que me caracteriza, además de cierto pesimismo político, me di a la tarea de buscar en el diccionario de la real academia de la lengua, el significado de inteligencia. Todo porque como el mismísimo Wittgenstein dijo: (ya está muerto y no gracias a un sicario, o a un acto terrorista, eso creo, no he leído su biografía que debe ser aburrida), las significaciones de las palabras cambian y están mediadas por los juegos del lenguaje, que en nuestro caso, se despliegan de tal forma que se actualiza constantemente el diccionario de la RAE, tanto como nuestra constitución, gracias a esos hombres inteligentes.
Como venía diciendo, me fui en busca del diccionario y con él en la mano encontré siete definiciones sobre la inteligencia. Y al leerlas me doy cuenta que los doctos de la RAE, son tan verborreicos como cualquier persona común y corriente, porque las siete dicen lo mismo y se pueden resumir en una. Sin embargo, voy a tomar cada una de esas significaciones para que entremos en el juego del lenguaje y poder comprender a los que hacen uso de la palabra inteligencia y, pueda este ser mortal salir de su brutalidad.
1. f. Capacidad de entender o comprender. El entendimiento es el primer momento para llegar a la comprensión. ¿Comprender qué? Comprender el momento oportuno que permita que hagamos un acto en contra de la ley, transformar la constitución para quedarse más tiempo en la presidencia, designar unos recursos que beneficien a los aristoi del país, crear programas que sólo sirven de desaguadero del erario público.
2. f. Capacidad de resolver problemas. Ésta sí que es una de las formas en que se manifiesta la inteligencia de este pueblo, pueblo de verracos y bellacos. Los problemas los resolvemos con plomo, a bala, hemos evolucionado dirá Vallejo, ya que no nos matamos a machete. Aquí la solución de cualquier problema es con la eliminación de facto o de palabra del otro.
3. f. Conocimiento, comprensión, acto de entender. Desde este sentido, se conoce la forma como históricamente se ha construido este país y lo repiten a diario. Entienden que la animadversión es la mejor forma de mantenerse donde se está y con tanta tecnología, queda fácil arremeter contra el que se oponga. Se usa el twitter, el DAS, la justicia, la procuraduría, todo lo que está en manos del que ostente el poder. Y comprenden que a este pueblo de ignorantes y brutos como el que esto escribe hay que darle cebada líquida, alimentarlo como se alimenta a los cerdos y, mantenerlos con eufemismos que tragan sin saborearlos, mientras ellos los inteligentes se hacen próceres, Santos, mesías.
4. f. Sentido en que se puede tomar una sentencia, un dicho o una expresión. Aquí entra uno de los significados que nos hacen el país más feliz del mundo: el humor. Si señores este es un país de políticos, abogados y humoristas. Los primeros roban, los segundos coadyuvan en la creación de las leyes para que los primeros roben y se repartan el botín y, los terceros hacen chistes sobre esa realidad y la población cree que todo es una broma. Por ejemplo, no es lo mismo una bola negra que una negra en bola, y sale la risotada del pueblo feliz ja, ja, ja.
5. f. Habilidad, destreza y experiencia. Hay mamá, de ésta ni hablar, esas tres cualidades las poseen y de sobra para: engañar, esconder la realidad, envenenar el alma de los incautos como religiosos de poca monta, chichipatos, para vender el territorio, las riquezas mineras sin importar el daño ecológico, para cometer delito y huir a países vecinos como perseguidos políticos, para lamerle la suela a gobernantes de otros colores, tamaños, grosor e ideas. Tienen habilidad, destreza y experiencia en ser mediocres.
6. f. Trato y correspondencia secreta de dos o más personas o naciones entre sí. De ésta ni hablar carajo. Este espécimen inteligente cree que el Estado es una finca, que lo público es propiedad de terratenientes, ganaderos o empresarios. La política es un quehacer de negocios donde todo se hace por debajo de la mesa. Tenemos lo de Panamá, lo de la salud, las contrataciones de la 26, AIS, el TLC, mejor dicho la lista es larga. Y como todo el que se opone es un terrorista en potencia, se usa la inteligencia militar, vaya estupidez, hablar de inteligencia en un organismo constituido por idiotas en todos sus mandos. Es irónico que en esta institución se haga uso de la palabra inteligencia. Y la última:
7. f. Sustancia puramente espiritual. Este sentido lo usan sólo aquellos que tienen alma de curas o pastores, de los cuales se ha estado llenando lo político en los últimos tiempos, que quieren hacer parte de la división de la torta. Como ven es sólo un momento porque ante lo que hay que repartir se olvidan del bien común y se arrastran como serpientes en su individualismo natural.
Teniendo en cuenta lo que dice el diccionario de la RAE y como y para qué se usa en nuestra tierra la inteligencia, Colombia es un país de más de cuarenta millones de torpes o brutos. Esa es la causa de nuestro atraso, nos hace falta usar nuestra inteligencia y con ella haremos de estas tierras el paraíso perdido. Vamos bien, es fácil ser inteligente ya que tenemos a uno de esos estandartes de la inteligencia que hace lo que magistralmente hacen los pájaros y no los que en los años sesenta andaban matando en el campo, sino los pajaritos silvestres, se la pasa trinando. Eso es otro de los términos del neolenguaje, lástima que los analíticos se hayan quedado leyendo a Wittgenstein y no se dediquen a mirar esos lenguajes chichipatos que llenan la vida de significaciones superfluas.

domingo, 17 de julio de 2011

EN LAS TRIPAS DE UNA ROCKOLA



Una cosa parece ser cierta y es que definitivamente sólo tengo oído para el vallenato y poca disposición para interpretar alguno de los instrumentos que hacen posible el entramado ontológico y metafísico de la música vallenata. Hace unos meses escribí un artículo sobre este mismo tema -(El Vallenato)-, uno para referirme a mi amigo Daniel García y desde allí mismo a la poesía de García Mafla. Ahora bien, en esta ocasión la excusa fue un esperado reencuentro con grandes amigos del folclor Caribe, no sólo del vallenato, sino también del Porro sabanero, de la Cumbia, la Champeta, la Gaita sanjacintera, la Guacherna, el Garabato y desde luego, lo que hace posible una ontología del hombre Caribe en sentido poético, natural, místico, terrestre, andino, africano, árabe, europeo, del centro, norte y sur del continente americano: el vallenato.

Para el que vive en Bogotá, y gusta de los placeres simples y fundamentales, no hay como ir a esos sitios que conforman el arrabal actual o moderno, espacios verdaderamente cosmopolitas o, tras nacionales: Las Rockolas. Estábamos donde el Mono, un sitio en el alma de chapinero donde confluyen, skinheads, ñeros, gomelos, rastafari, punketos, raperos, metachos, es decir, toda una melaza criolla que se confunden con el meollo de las ciudades en vías de desarrollo que llaman, o sea, la miseria, el hambre y las ganas de emborracharse para olvidar que estamos jodidos y endeudados de ideas y de sueños.

Cualquiera sabe en Bogotá que una vez pasada una tanda de música el que asume el control de la Rokcola, deja mamando literalmente a los demás con el ritmo de su preferencia, así que una vez nos apoderamos de la cajita musical que funciona con monedas de doscientos pesos, fueron como cincuenta canciones de vallenato. Cualquiera dirá, “joder tío”, quién se aguanta tremenda parranda sin darle oportunidad a un Vicente Fernández, o a Pink Floyd, Alicie Chains, a los nunca olvidados Guns and Roses, al mismo Fruko y sus tesos ahora que están de moda otra vez. Pero sin jáctanos de tantos ingredientes básicos, la amistad se engrandece en la medida que nos hacemos viejos, libres y hermanos. Entonces la cuestión se amarro al estilo de “un pie forzado”, para los que no saben qué es lo del pie forzado, los invito a que consulten sobre la decima y la piquería. Así que nos intricamos a medida que escuchábamos los distintos temas que la bendita Rokcola iba soltando, en una sarta de amuletos de acordeoneros, cantantes y compositores, entonces surgió nuevamente la idea de escribir este artículo donde el tema principal tenía que ser la canción interpretada por los Hermanos Zuleta: El viejo Miguel.

Porque esta canción, o porque no, unos benditos versos, o Tu serenata de Diomedes Díaz, o Chispitas de Oro, la cosa es simple porque nos gusta y nos convida a pensar en una hermenéutica hecha de esta forma y sin que Don Miguel de Unamuno, u Ortega y Gasset, se sientan tristes desde sus tumbas sobre el trato que le estamos dando al castellano, a la filosofía, a la literatura y a la poesía en este Blog a la sazón de la filosofía hecha para kantianos o hegelianos, ahí sí nos tocará dedicarles un vallenato como Los maestros, cantado por los Hermanos Zuleta, donde las gallinas europeas nos caguen por fin el oro que se han ido tragando desde hace más de quinientos años.

La canción El Viejo Miguel, escrita por Adolfo Pacheco Anillo, constituye dentro del sonajero de este compositor, una especie de alegoría a la estrafalaria ambición que tienen estos pueblos amerindios de salir de su atraso social y económico, miguel somos todos los que buscamos en las escamas de los peces, el origen de todas las cosas para luego construir imperios que sólo tienen dentro de sus entrañas otra especie de leviatán, el leviatán de la industrialización y el mercado. Así el dolor descansa sobre una torre de cadáveres los cuales son buscados en los torbellinos de papeles de los organismos de control del Estado, Miguel es el ausente que se marcha, el que se destierra o porque busca un mejor futuro más allá de las fronteras de un Hikikomori que se encierran en las conductas sociales que lo llevan a abandonar todo por un mejor porvenir, o porque una mujer le ha hecho trizas las tripas del corazón, lo hace el mexicano al cruzar la frontera, o el árabe que busca las orillas de Europa, o el africano que huye de sus propios designios, o el Chino que llega a Lima Perú, a Quito Ecuador, o a Bogotá, con sus recetas de especias y arroces capaces de alimentar ejércitos enteros por unas cuantas monedas, y todo esto ocurre porque nos han enraizado la idea de que este mundo, el entorno que nos rodea ya no es seguro, pareciera que el pobre de Leibniz se equivocó al decir que este es el mejor mundo de los posibles.

“Buscando consuelo, buscando paz se fue el viejo miguel”, Elías –El profeta- también lo hizo, él fue arrebatado por un carro de fuego y se marchó, no ha vuelto y ni volverá por su capa que dejó en el arrebato de la partida. Quizás la muerte sea ese carro de fuego que nos libera de la angustia, del terror, del temblor del cual el viejo Kierkegaard buscaba afanosamente huir. Adolfo buscaba escaparse de sus mujeres, de sus hijos, de sus alegrías y de sus tristezas, su refugio lo encontró en la música, en la guitarra, en el canto, en la poesía vallenata, en su tierra, en su laberinto como profesor de escuela, en su maleza política y social.

Sin embargo nos señalo el camino como si él fuera el Hermes que comunica a los vallenatologos un rumbo, un sentido, una forma que simplifica la buena letra de una canción: “Parece que Dios con el dedo oculto de su misterio Señalando viene por el camino de la partida”* , esta metáfora constituye el secreto, la puerta falsa de la idea de un orden universal, el de una fuerza vital que engendra a cada instante el poniente y el naciente de una idea, magnifica ensoñación que nos permitió, en la Rockola del Mono jugar y trabar amistad con Luis Carlos Pacheco, Alexander Carreño y Restrepo, hablar de la política santista con Héctor Gonzales de la corrupción que el mismo ahora presidente Santos ayudó a construir y que hoy en día persigue hasta debajo de los platos, o sobre la vieja promesa de un conversatorio sobre la literatura Borgiana con el excelentísimo estudioso del folclor Caribe el señor: Carlos el “gato” Martínez. Por ello sugiero que cuando quieran hablar de cosas importantes lo hagan en una Rockola, y cuando quieran, drogas, mujeres fingidas, silencios pagados, o comida rebuscada les auguro el parque de la 93.


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* Tomado de la canción El Viejo Miguel: Compositor Adolfo Pacheco Anillo.

sábado, 16 de julio de 2011

¡QUE VA A SABER PLATÓN DE MICROFÚTBOL!

Más de un lector, si cuento con la suerte de tener más de un lector, se ha despeinado ligeramente con las letras que publicó hace algún tiempo en el blog; y de verdad, hoy quiero confesarme ante ustedes y explicar porqué escribo lo que escribo. Desde que me propusieron formar parte de este equipo de trabajo, he fatigado mi mente intentando escribir algo que tenga que ver con filosofía, incluso estuve en un coma temporal de dos días después de terminar el escrito sobre Kant y Jiggy, el neurólogo me recomendó trabajar temas más light, así que es una cuestión de salud.

Lo anterior lo digo como una advertencia de buena fe a todos los que intentamos escribir sobre filosofía porque observo con gran preocupación que hay 10.000 entradas, que están estrechamente ligadas a los primeros síntomas de alopecia de cada uno de los que participamos en este sitio, no los que escriben, los que leen también. En otras palabras, hay una pandemia de hombres que pueden terminar en el hospital o lo que es peor, calvos y sin amor.

¿Qué podría decir yo sobre Platón? Si éste no conocía el microfútbol y nunca vistió orgulloso una camiseta descolorida, baleada por polillas en un cotejo de barrio. ¿Cómo explicarle a este señor que un ídolo de oro con forma de balón es más real y representa la idea máxima de lo inteligible en este mundo? O lo que se supone más importante, que un petaco de cerveza es la paideia en todo su esplendor. Está claro que ellos podían dedicarse a este oficio porque no tenían neurólogos ni trabajo, así que también es una cuestión alimenticia, es decir, futbolística.

La verdad creo que hay que celebrar que a pesar de todas estas complicaciones, tengamos tantas visitas (aunque sea yo entrando una y otra vez a la página); y ya que estamos de fiesta, tiremos la casa por la ventana, y de ser posible nosotros también caigamos con la casa.

Daniel García L.