viernes, 8 de marzo de 2013

LA NOCHE MUDA




La tarde empezaba a caer con la lentitud necesaria para verla devestir la noche que se acercaba con una luna inmensa, que iluminaba las calles polvorientas del pueblo. Los niños durante el día habían ido a bañarse a la quebrada y descansaron al lado del higuerón del sol sofocante de las diez y media de la mañana, la vieja Antonia sentada en la mecedora frente a su casa, saludaba a los transeúntes como siempre lo hacía desde cuando tenía treinta años y su marido Humberto Pulido, salía a la calle a tomarse el jornal. Desde ese momento ya habían pasado cinco décadas. Antonia sintió un viento extraño, una brisa que llevaba un olor que sus casi noventa años no conocía. Llamó a su nieta Martha y le contó lo que había percibido.
Era la tarde de un 20 de Abril de 1988, la normalidad y la cotidianidad de las gallinas en el patio de la casa, dibujaban el verano que doraba la piel de hombres y mujeres. Desde hacía unos meses unos carros extraños a alta velocidad y a altas horas de la noche llegaban al pueblo, no se detenían, sólo cruzaban las calles y los vidrios polarizados ocultaban a los ocupantes. Mientras ellos observaban el exterior como quien busca algo que necesita encontrar. Los habitantes los miraban con incertidumbre, las voces emigrantes traían noticias de ataques de unos hombres que viajaban con la noche y en la oscuridad aparecían y desaparecían.
Eran las tres de la tarde cuando Alfredo llegó al taller y almacén de bicicletas que había montado hacía ocho años y, que con el paso del tiempo prosperaba más. Los viejos, los niños y los jóvenes llegaban para reparar su caballito de acero. Le preguntó a Margarita la esposa, - con quien tenía dos hijas, una de cinco y otra de tres años, que corrían entre rines, llantas, tornillos, balineras, alicates, destornilladores y cuanto cachivache se encontraba en el almacén -, por las ventas durante el día. Alfredo le había puesto de nombreAlmacén el Piñón, el nombre podía deberse a una parte de las bicicletas, es lo más obvio, sin embargo, demasiado simple para un ser racional. Algunos pensaban que el nombre se debía a un árbol que botaba unas pepas que al ponerlas al fuego, se abre la cáscara y por dentro tiene una parte comestible parecida a la nuez. La explicación sobre el nombre del almacén puede parecer irrelevante, pero no lo es. A Alfredo en el pueblo lo conocían por el nombre: Alfredo el del Piñón.
Volviendo de nuevo, al llegar a su casa, sus hijas se le avalanzaron y él empezó a jugar con ellas. Alfredo era un hombre de unos treinta y nueve años, de tez blanca, alto, robusto; de voz grave y sonrisas esporádicas. La noche anterior había soñado que participaba en una carrera ciclística y que al final sus hijas lo esperaban, y ellas tenían unas alas inmensas y resplandecían con un brillo sobrenatural. Ese sueño lo recordaría Margarita dos días después, mientras corría de un lado a otro preguntando por su marido a cuanto rostro cruzaba por la calle, a los viajeros que se detenían a tomar un fresco de tamarindo en el parque, a las mujeres que venían de la quebrada de lavar la ropa, a los niños que jugaban a la pelota en las calles, a los vendedores y hasta a los locos que con el tiempo la hicieron parte de la familia.
La noche llegó como siempre, cerrando las cortinas y oscureciendo los recovecos del pueblo, el cielo estaba preñado de estrellas – sigo creyendo que son estrellas y no planetas como dicen los científicos, porque las estrellas ayudan a la imaginación, a la aventura, los planetas son vistos para ser colonizados- . Los abuelos estaban sentados al frente de sus casas hablando con sus nietos, contándoles las historias que hacían de su vida un marasmo de aventuras increíbles; los niños mantenían los ojos abiertos como si escucharan con ellos. A las nueve y treinta de la noche, empezaron a acostarse, las calles quedaron poco a poco desocupadas, el ruido de los automóviles y las tractomulas por la troncal del caribe, era como el ronquido del pueblo dormido. Un golpe seco en la puerta despertó a Alfredo, quien se tiró de un golpe de la cama, se acercó lentamente a la puerta, la abrió y unos hombres sin rostros, lo empujaron dentro de la camioneta, mientras otro cerraba la puerta de la casa y se marcharon a una velocidad desconocida, a un lugar desconocido y a un tiempo desconocido. Margarita no escuchó nada, estaba cansada de la jornada del día, las niñas dormían un sueño de tres y cinco años.
Francisco Pérez, conocido en el pueblo como Chico Pérez, se levantó a las cinco de la mañana, como era su costumbre, a barrer el frente de la casa donde tenía una ferretería, la más antigua del pueblo. Esa mañana la calle estaba llena de flores de mango y él sabía que barrer esas florecitas en la calle polvorienta era un fastidio. Sin embargo, sonreía cuando recordaba su infancia con una totuma llena de agua con varios mangos en ella, y él comiéndolos sin parar. Terminó de barrer, entró a la casa donde Sixta su esposa, lo esperaba con un tinto caliente, lo tomó antes de bañarse. Salió del baño y se sentó en el viejo comedor heredado de su mamá, se comió unas arepas y unas empanadas con peto, y se dispuso a abrir la ferretería. Cuando abrió la puerta encontró por debajo el periódico El pilón, lo cogió y lo puso sobre la vitrina mientras terminaba de abrir las demás puertas y ventanas. Se sentó en la silla y se dispuso a esperar a que llegara su hijo Armando y el trabajador; empezó a leer el periódico. En primera plana aparecía la noticia: Los paramilitares avanzan en el Cesar.
Cuando a las seis de la mañana Margarita se volteó y trató de abrazar a su marido no lo encontró, pensó que estaba en el baño. Se levantó para preparar a la niña mayor para la escuela, pero su marido no estaba en la casa, entonces supuso que se había ido al mercado a comprar peto donde Dora peto, que era la que según el juicio de los habitantes la que hacía el mejor peto no sólo del pueblo sino del mundo. Pasaron los minutos, las horas y Alfredo no llegaba, ella se consoló pensando que seguro le había salido un negocio por fuera y se le olvidó decirle. Sin embargo, el día fue transcurriendo entre vallenatos, cuentos exagerados, cambios de aceite y balinera a las bicicletas, atención a los clientes y la algarabía propia de la gente del pueblo.
Nadie supo como pasó el tiempo, en la noche Margarita empezó a preocuparse por la tardanza de su marido, se acostó intranquila, eso no era normal. Al día siguiente se despertó y empezó a buscarlo por los pueblos donde iba, nadie lo había visto, no sabían nada de él. Entonces fue a la policía, al Ejército y tampoco encontraba respuesta. En el parque se escuchaban voces que planteaban la posibilidad de que el carro de la noche tenía algo que ver. La voz de la desaparición de Alfredo se regó por todo el pueblo y por los pueblos vecinos, los sabanales se tornaron de un color café, las golondrinas que habitaban la ceiba del parque levantaron vuelo. En poco tiempo una realidad desconocida empezó a vivirse en el pueblo. Las puertas de las casas que permanecían abiertas para que entrara la brisa y refrescara el ambiente, empezaron a cerrarse. Lo que antes se decía a gritos y risas, se empezó decir en susurros y con rostros de incertidumbre.
La cara de los transeúntes llevaban y traían los restos de un ayer conocido, de un hoy que esperaban se acabará pronto y un mañana lleno de sozobra. Se realizaron veinte festivales folklóricos, veinte carnavales, veinte semanas santas. Las niñas que jugaban con las muñecas, ya jugaban con sus hijos recién nacidos, varios de los viejos fueron muriendo. Margarita se hizo cargo del almacén y contrató a otros trabajadores. Durante todo ese tiempo supo que a su marido se lo habían llevado los paracos como les decían en el pueblo. Durante esos años algunas calles del pueblo fueron pavimentadas, ya no sólo eran carros con vidrios polarizados, también eran motos, y ahora los rostros eran visibles, el miedo también se hizo visible. Los amigos se hicieron enemigos, la desconfianza empezó a crecer como la mala hierba.
Los muchachos que andaban con el pelo largo, tuvieron que cortárselo; los drogadictos se curaron de su vicio, - los paracos fueron los mejores psiquiatras -, decían a manera de mamadera de gallo los habitantes del pueblo, los ladrones se acabaron y en las mañanas la gente corría a ver los cuerpos que amanecían al lado de la carretera. Margarita corría para ver si uno de ellos era Alfredo, en el camino el terror de hallarlo muerto se apoderaba de ella, pero se aliviaba al no encontrarlo entre los muertos. La falta de noticias, la ausencia de su cuerpo la fue envejeciendo lentamente. Un día un cuerpo moreno le brindó la compañía que una noche que no tuvo fin, le arrebató. Volvió a sonreir, aunque la gente empezó a murmurar sobre su nueva relación.
Mucha gente huyó del pueblo, los extraños se apoderaron de él, y quienes habían nacido, crecido, jugado y hasta enamorado en sus calles, sus potreros, tenían que pedirles permiso para volver y visitar a sus familias. Era extraño que el foráneo fuera quien determinara un impuesto por la venta de cerveza, por las ventas a los almacenes y a todos los comerciantes, claro que eso lo llaman los políticos y los agentes del orden vacunas o extorsión. En esos años la muerte aparecía cansada, reposando bajo un almendro con el ruido de una moto encendida y en vez de coa, una pistola o una miniuzi. - Dios abandonó este pueblo, decía Remigia a su comadre Quintina, mientras compartían una libra de sal que compraban en compañía.
Curumaní, se transformó en un pueblo próspero después que abandonaron la comarca, cuando empezaron los diálogos del gobierno central con los jefes de los paramilitares o como ellos se denominaban: Autodefensas Unidas de Colombia. Algunos pensarán junto con Hegel que la guerra es la partera de la historia, o como algunos teóricos afirman que la guerra produce desarrollo, lo cual la hace una ley necesaria para la historia de los hombres y para el progreso de la civilización. Empero, al viejo Neri, que todos los días tomaba el burro y se iba al campo, la guerra le arrebató un hijo, la violencia civilizada de los civilizados colombianos entró a la sala de su casa y allí se posicionó. Por eso él maldecía la violencia, insultaba a los que pasaban en las motos. La muerte no puede forjar la civilización, o el progreso. Eso es pura mierda, decía.
Alfredo se desvaneció no sólo como cuerpo, también como recuerdo. Nunca hubo una lápida, la iglesia no pudo cobrar el arriendo de un espacio en el cementerio, sus hijas no pudieron llevarle unas flores, no había donde. Así se hacía palpable de manera empírica el a priori kantiano sobre el espacio, para ellas esa posibilidad del fenómeno Alfredo no se hizo fáctico. Los almendros refrescaban las tardes, pero la ausencia del otro, no del cuerpo, sino del Alfredo y los otros que como él, anochecieron con los suyos pero los suyos amanecieron sin ellos, es decir, el Alfredo que existió, los otros que existieron, se hizo un recuerdo cicatrizado. La concha que cubre ese recuerdo se levanta cada 20 de abril. Mientras la gente pasa de un lado a otro y nadie habla de esos momentos, el silencio es la forma como todos evocan esos años.
El personaje del pueblo, el que parece poseer el secreto de la eterna juventud de los cuarenta años, un loco querido por todos y que llaman pollo hermoso, que nadie recuerda porque le pusieron ese nombre, sonríe cada vez que se cruza con alguien. Todas las noches a las doce, se sienta al frente de donde quedaba el almacén el piñon, coloca su cabeza en las manos, mientras el carro regresa veinte años atrás y el golpe de la puerta irrumpe el silencio, y la figura de Alfredo aparece, un golpe seco en el abdomen al instante que una palabra se escucha: guerrillero y lo tiran dentro de la comioneta. El recuerdo se desvanece cuando pollo hermoso se levanta en busca de una mesa del mercado donde dormir. Él fue el único testigo de aquella noche, pero no dijo nada, no pudo decir nada, porque desde niño es un cuerpo sin voz, nunca aprendió a hablar. Sólo emite unos sonidos guturales que producían miedo, por eso era utilizado por los padres para asustar a sus hijos.        

domingo, 27 de enero de 2013

SIN ÁNIMO DE EXCUSARME



                                                       
Imposible hilar palabras de otra estirpe, que lleven dentro de sí, la semilla y la flor juntas, parajes sosegados, o que describan, por lo demás, mundos fascinantes. En vano he tratado, pues, según toda evidencia, cada quien arma su propio repertorio que lo acompañará por el resto de la vida. En mi caso, las mías se restringen a unas cuantas que oscilan entre la melancolía y el desgarro.

Siento en ocasiones pena, pues, al igual que el resto, amo y soy alegre. Sin embargo, cuando me pongo en la tarea de plasmar, por ejemplo, ese amor y esa alegría, en una hoja, por medio de palabras, soy incapaz. No sale. Mis taras me lo impiden. Pienso entonces que, algo de lo que somos queda expuesto en lo que escribimos, y cada palabra que usamos nos identifica según nuestro carácter y la manera de habitar el mundo; en este orden; ¿cómo escribirle, a la persona amada, que mi amor por ella es tan intenso como el vacío que circundo?, escribirle, por ejemplo: “Caro, te amo con todo el desánimo que me alberga”. Su efecto sería evidente.

Como para animarme, digo que es cuestión de sensibilidades, unas agradables, otras, especialmente dolorosas… Pero amo y soy alegre, eso es lo que vale.

domingo, 20 de enero de 2013

CALLES EGOÍSTAS






Las ciudades crecen en todas las direcciones y los hombres deambulan perdiéndose entre los laberintos que éstas le proporcionan, cayendo vuelta tras vuelta a la misma página; corren por las líneas adoquinadas entre palabras mudas en movimiento, letras estáticas que conversan una con otra y algunas que meditan sobre el lenguaje de la calle. La noche conserva su viejo traje de luto y envuelve a los borrachos en un sueño de distancias cercanas. Allá en una esquina unas mujeres bostezan irremediablemente de frío, sus vestidos se limitan a cortejar sus muslos de amibar, son espíritus vendidos, pagados, violados.
Más allá unas manos se levantan en una comunión con el viento y mientras cantan un dulce, una cartilla de inglés, de hierbas medicinales, de salvación de las drogas, de una cruz que guía, de lápices y lapiceros, borradores de nata, piden una moneda para comprar un pan, para llevar la cuota para la fundación cristiana, y el viejo Baudellaire con el demonio en sus ojos cría a los nietos de Caín y besa a todas esas Evas que aún no sienten el infierno como castigo sino como un cielo de placer y capitalismo dinámico donde la moneda requiere de yagas, gusanos, lepras, lástima, deseo, placer y orgía productiva. Mujeres que la noche dibuja en las calles, llenas de colores, llenas de mañas; estériles terrenos donde la humedad de su desierto volcánico es leve e impalpable.
Cuántas veces el poeta ha corrido y recorrido los andenes de la ciudad en busca de un verso, un pan viejo, un limosnero soñador que ruega y da gracias a Dios por sus males, una acordeón ciega que irrita al viento con un ruido melódico. Muchas veces el poeta ha visto la muerte dibujada en el rostro de los niños, el hambre paseándose en el estómago de un perro, y los ultramundos contenidos en un frasco de pegante. Es allí donde la palabra se queda sin calle y es un simple aroma que persigue Grenouille para crear en su cerebro una fragancia que identifique las aceras que acaba de asesinar y, quedarse con el olor a orín, a estiercol, a dientes podridos, a cadáver y construir esa tragedia silenciosa, esas historias que solo las calles ven y conocen pero que se callan en su absoluto y odiable silencio.
Gregorio Samsa ha escuchado el llanto de las palmeras de la calle 57 por el arboricidio de sus parientes que daban sombra a la Caracas, percibe su muerte mientras cruza la ciudad en gusanos rojos repletos de alimento humano, dejándose caer en su pereza que protesta por no seguir deabulando en una existencia de número, ve como su cuerpo es una figura llena de formas geométricas, se pudre. Huele mal y prefiere seguir pudriéndose mientras su fe en el amor se le entierra en la piel hecha manzana.
Los autos pisan los cadáveres en esa afanosa carrera por eliminar la distancia y el tiempo, el viejo reloj del centro se silenció y entró en huelga, para él no existe el tiempo, decidió acabarlo y se dedica a ver pasar los cuerpos esclavizados por las monedas, un fe, un sueño. El antiguo e inutilizable carril del tranvía conserva los pasos del asesino que el nueve de abril dejó un grito muerto en el piso frío; y a veces en la abandonada noche, cuando las tildes de la ciudad iluminan el corredor de la iglesia vomita gusanos de odio, y siente rabia por los pasos inútiles que tiene que soportar todos los días. Pasos que e son indiferentes a las paredes y paredes que le son indiferentes a los pasos.
Observo la noche y veo una sombra larga, la sombra de Silva, la sombra de saberne finito, miserable en un fin único, sin calles, solo enfretado a la última música de alas, a los últimos susurros y con el último y definitivo aroma. Estas calles abren sus bocas y sus ojos sin párpados, los ventanales emergen en lo alto. Los semáforos menstruan de vez en cuando para limpiar la acera de la basura, el desperdicio de la ciudad que agoniza con los pasos de Dostoievsky. En el momento en el que aparece en las manos de Raskolnokov un hacha que da muerte a la codicia como principio, como cosa y, a la inocencia por azar, formando una mirada absorta de alegría mientras la sangre corre por la Jimenez. Un radio recalca la hora, los obreros salen y entran a sus oficinas. Callense todos, el sol ha derramado su última hostia y el último vino, sodoma y Gomorra limitan y viven cerca a la iglesia de la Soledad, sus puertas están cerradas, pero afuera unos papelitos con manos complices te invitan al más humano de los rincones donde el vaho del génesis enreda entre sus hiedras.
Volvemos a recorrer las calles dispares, voces de protesta, eliminando los cruces, inventando cuerpos desordenados, locuras irremediables, destruyendo dioses en la solapa de los libros, alimentando la tisis, la hemorragia, la lepra de un cartucho y un cambuche lleno de semidioses olvidados, apartados por la muerte viva de la sociedad que los destierra de sus olimpos de lujo. Morimos en el único momento que deseamos vivir, y entendemos igual que Florez que algo muere en nosotros diariamente. Las calles se apropian y enajenan nuestras vivencias, solo seremos sombras que lamen el concreto. Después de cien años, si le preguntas a las calles y logras sacarlas de su apestoso silencio, de su risa bufona y su mirada despectiva, si le preguntas por mí, y ellas te hablan, la respuesta que escucharás será ¿y quién es ese? ¿acaso existe o existió?                            

martes, 15 de enero de 2013

SOBRE EL ALMA DEL ACORDEÓN





Dicen: “que Colombia es uno de los países más felices del mundo”. Sin embargo nuestra realidad es otra, una colcha de retazos, una lógica de lo impensado que supera la imaginación, eso es lo que somos a fin de cuentas: un país que pare violencia. Es necesario salirnos de esa estúpida irrealidad que nos ofrecen las estadísticas universalistas de nuestro decadente enciclopedismo de revistas de quince minutos, de que somos felices, aquí lo que estamos es podridos y gusaneados desde que empezaron las masacres de las bananeras apenas empezaba el siglo XX, nuestro siglo de las tinieblas latinoamericanas; por ello en el siguiente artículo intentaré hablar de nuestra realidad pero desde las orillas de la literatura nuestra, desde nuestra realidad Caribe y nada más.

Acabé de leer la novela escrita por Ernesto McCausland: El alma del acordeón. Podría decir que está hecha para sentarse a reír y llorar, para dejar de mover nuestros corazones y morirnos de una vez y para siempre, o ir a un lugar donde no existan ángeles ni demonios, a un lugar donde la lucha del bien y del mal sean vainas de Dios. Esta es una novela que se narra así misma, no necesita de calificativos explícitos o implícitos en cuanto a si es narrada en primera, segunda o tercera persona, sencillamente es como toda narración: un laberinto fenomenológico donde nadie escapa, donde el mundo converge en un instante, esta novela contiene lo que posee el hombre Caribe: palabra y espíritu, aquello que después de todo un desenlace misterioso infundió el creador a su Golem, el Hombre: alma.

El alma del acordeón, es la forma más noble de hablar de la realidad violenta que nos envuelve, principiando por la manera trágica como el Protagonista Juancho Polo Valencia vivió su vida, sus amores y sus temores de hombre, de animal mitad bestia o mitad dios. Si bien Xavier Zubiri habla de que el hombre “vive henchido de realidad”, para Valencia como se hacia llamar Juancho Polo, es la violencia misma del hombre frente a su infinitud la que le permite desconocer los códigos morales o sociales a los cuales el mundo quiere confinarlo, como sujeto o como lacra humana. La lucha se hace explicita en la letra de sus canciones, en Alicia Adorada por ejemplo, el autor desafía lo divino y lo terrestre, pues, el hombre además de ser la medida de sus flaquezas, es también el principio de todos sus males, sin que por ello no se corresponda a la culpa de sus acciones por medio del duelo, el dolor y la tristeza.

McCausland nos inserta en El alma del acordeón como una excusa preparatoria para la muerte del hombre raizal, a la desaparición de todo valor humano por la vida misma que ahora sólo se fundamenta en el dinero y la violencia social. Para el novelista el constructo de su obra consiste en desarrollar la tesis del decir, del hablar del hombre Caribe, tesis que se apoya, -“quizás”- en la filosofía antigua del hablar por medio de freses cortas, expresar por medio de alegorías o metáforas radiantes el sentimiento humano de la ausencia o la muerte del ser amado. Lo anterior permite dirimir que existe una especie de lógica, un éter trascendental onírico, uno de los personajes el alemán, -por ejemplo- que vino en busca del acordeón enterrado por Valencia, extrañamente descorre el velo de la violencia que mueve al poeta a pelearse con lo sagrado, con aquello que más te termina demoliendo el alma: la perdida del ser amado y ser acusado de ello.

En Flores de María no sólo existe o co-existió el mito hecho carne llamado Juancho Polo Valencia, sino que otros demonios elaborados por la ciencia de la guerra también dejaron sus ondas heridas en el alma de muertos y vivos. La violencia armada que narra el autor es el espejo tardío que enterraron en nuestras conciencias la industria capitalista de las potencias mundiales desde que llegaron a las Américas todo tipo de europeos, y como resultado la “empresa” paramilitar de los poderes oscuros de propios y extraños continua su lucha hasta que no quedé nada que nos identifique como pueblo o como cultura, sino que simplemente se busca un nueva raza de seres asustados que vivan por un salario y olviden para siempre el amor y la naturaleza que los embargó.

La música y las letras de las canciones del juglar Valencia constituye el soneto que todo gran poeta desea o busca, y en la vida de Juancho ha existido además ese pasadizo secreto donde el acordeón se convierte en arquitectura diatónica, o en el simbolismo hermenéutico donde el mensajero de los dioses se hace así mismo obra de sí, a la vez que olvida para siempre sus botas aladas en el vientre de la tierra para que los gusanos se eleven hasta las entrañas del cielo desde el infierno y corrompan las alas de los ángeles que nos obligan a vivir en este lodazal de sufrimientos. McCausland hace confluir el dilema de la vida y el de la muerte de la mano del Juancho Polo el que cantaba sin dientes y sin fortuna económica, mientras va tejiendo el revés de una cortina de augurios siniestros que fueron labrando el horizonte del fenómeno paramilitar en la narices de todos, una mancha oscura que fue entrando desde el Urabá y el Magdalena medio hasta los mismos hombros de la Sierra Nevada.

La novela como tal es una rueda de algoritmos y disposiciones matemáticas donde el espacio se perpetuara como una eterna llovizna de soledades vividas y fingidas, es una rompiente por donde los personajes van cayendo a dentro muy adentro de las fauces de un mundo prehispánico o mejor aún costumbrista. El acordeón es la llave misteriosa que permite des-configurar un entre-tiempo donde el amor y la parranda trazan el molde inacabado de una musica que apenas acaba de descubrirse, que apenas acaba de comenzar un recorrido desde las grutas musicales de la caja, la guacharaca y el acordeón. Personajes como Vespasiano Izquierdo y Emilita conjugan el verso de la sin razón del amor y la barbarie humana, esa barbarie que se ha desempeñado sistemáticamente sobre la cultura indígena, sobre ellos que son la piel y la carne que ha soportado el abuso de la mano cobarde que los castiga.

Mientras Leila Ustáriz permite hacer una incisión al cuerpo social que muere lentamente ante nuestros ojos, por el otro lado está el tal Karlheinz Birk quien se baña en las aguas de la realidad política, social y militar de una nación que copió y olvida a su manera el problema de la culpa sobre la base de la barbaridad criminal que ejercen los bandos con el uso de las armas y la propaganda, me refiero a la Alemania Nazi con sus practicas de “exterminio” sobre población indefensa. Aquí también el extremismo de la violencia sistémica va configurando al interior de la novela de McCausland un arquetipo de muerte, terror, complicidad, malicia, poder, gobiernos de todo tipo, indefensión, miedo, desplazamiento, angustia y soledad. Aunque el amor es el paliativo de la guerra, la guerra es el garrote que acobarda al más valiente.

Por consiguiente en esta novela el alma del acordeón queda amordazada como castigo por el exceso de locura libidinosa de Juancho, así como quedan libres las almas de aquellos que lo amaron y lo veneraron aún en el lecho de muerte, me refiero a Alicia Cantillo, quién lo amó, y lo sepultó con ella en lo más profundo del reino de la melancolía y la fiebre negra que sólo el amor produce cuando se es músico, poeta y cantor. Sin más palabras Ana Polo hermana del juglar, lo alcahueteó y lo fustigó con el embeleco de la promesa, hasta hacerlo regresar del más allá que llaman, para que dijera en medio de artilugios luciferinos su propia verdad sobre los hechos que lo condujeron a ser el cantor maldito cuando ya los poetas sin aureolas habían desaparecido de la faz de la tierra a finales de mil ochocientos. Juancho fue el más maldito de los amados de Dios, y el más feliz como decía él, de los que han tocado el acordeón. Los invito a leer la novela, a reír o llorar, a escribir, o sencillamente a sentir como nuestra alma se consume lentamente en medio de balaceras y borracheras de malandros hijos de la guerra.


McCausland, Ernesto. (2007). El alma del acordeón, Bogotá, Intermedio Editores.  

jueves, 10 de enero de 2013

LA CAVERNA Y LOS REALITY SHOWS



El 2012 ha pasado bajo las sombras de místicos y profetas sin mayores complicaciones, los empresarios del horror hicieron lo suyo, las agencias de viajes agotaron hasta las saciedad sus itinerarios y los menos atrevidos viajaron por tierra hasta sus destinos, era la última navidad en casa, al final como dicen los que saben todo no dejó de ser lo que la NASA predijo: “Simples despropósito de la fe”; aunque, algunos destetados se alzaron en vulgares oprobios en contra de las “predicciones” Mayas, gracias a los cálculos mal hechos la cosa al final no pasó de las múltiples conjeturas de la razón a las neolíticas profecías de nuestra incomprensión del Tiempo que lo desbarata todo, mírese por donde se mire el fin del mundo o el fin de la “Historia” cosa que plantea el títere de Fukuyama, no es otra joda que la “trampa del tiempo” en la cual nos tienen metidos religiosos, adivinos, políticos y canales de televisión, etc., el Tiempo para los Mayas es otra vaina, una cuestión que no está hecha para filósofos o científicos de la madre tierra.

Por consiguiente quiero hablar más bien de un fenómeno que nos está descerebrando aun más al poco público decente que nos queda en cada hogar colombiano: Los Reality Shows. Según un portal de preguntas y respuestas: [Un reality show, es un programa de Televisión donde se hace un espectáculo televisivo a partir de la cotidianidad o "realidad" del día a día de la vida de un grupo de personas. Por lo mismo algunos lo traducen como "telerrealidad”]; Ahora bien, en Colombia hubo un promedio de cinco de estos programas en el 2012, dando como resultado un proceso que se ha ido enquistando en la memoria urbana, rural y juvenil de todas y de todos, al punto de ser otro tipo de dispositivo como las pirámides o las economías para amas de casa y desempleados: los multinivel, es decir, que sólo se “enriquece” el que logre la cima del éxito, bueno esto gracias a los demás.

La idea central consiste en llevar al sujeto hasta un punto ciego, o punto sin retorno donde los códigos más íntimos de la persona se ubiquen en una dimensión ajena, creada, manipulada; para el caso colombiano la tarea no es difícil, pues, la idea de espectáculo no existe, lo que existe es una serie de formatos de competencia, de lucha, de segregación social, regional, étnica, política y cultural. El sujeto se mueve entre la fantasía y la interrealidad, pues, el sujeto solo busca desarrollar el concepto de la competencia en su máxima expresión, es decir, llegar al final del recorrido salvando una serie de obstáculos por medio de pruebas y dejando o pasando por encima de los demás competidores, ahora bien, el público permite configurar este tipo de prácticas mediante el “rating” o el consumo de la propaganda de productos para el hogar, el cuidado del cuerpo y la banca nacional. O sea, nada distinto a lo que ocurría cada cuando llegaban los gitanos a Macondo.

La cuestión del Reality aumenta en la medida en que es una nueva practica descarada de acumulación de riquezas de los medios televisivos gracias al “VOTO” vía celular, fortaleciendo de esta forma a los centros de poder mediático, a las estructuras pensadas en función de un público lleno de necesidades no satisfechas, o sea, calidad de vida, llenando más el corazón de penurias a los pobres imposibilitados que buscan ingresar a la industria musical o el modelaje, este tipo de programas buscan esencialmente elaborar o reforzar estructuras sociales pensadas en la idea de la felicidad, -el sueño moderno o post-moderno-, a fin de cuenta ya no se sabe dónde está o dónde se esconde el dios dinero, de ahí que el futuro como proyecto de vida, o la necesidad de triunfar ahora se erigen como las palancas universales de la economía global; -deje de criticar a las fuerzas productivas y lo invitamos más bien a que se sumerja en las tripas de los que sueñan y ganan-.

Pero la masa muscular del Reality va mucho más allá de la simple idea de ganar un premio o una posición dentro de la escala de valores económicos que sirve de zanahoria para que el asno o asna que logre cruzar el puente se comprometa con el canal o la productora del programa por un periodo no inferior a los cinco años; esta forma de esclavitud se legitima en la medida en que logra satisfacer cierto tipo de deseo de la familia, pues, la trampa consiste en tener la “aptitud del triunfador” del nadador que logra cruzar el río sin mirar hacia los lados, y la familia es la clave para que este tipo de formatos para televisión funcione, quizás Saramago cuando escribió la Caverna estaba desenvolviendo los códigos Mayas del fin como medio de la realidad imaginada que nos venden los medios y la televisión, o porqué no también la de los partidos políticos, o tal vez la de los tratados de libre comercio; pues, así como estaban encadenados los personajes que fueron hallados en los sótanos bajo un gigantesco complejo comercial en la novela del maestro José, de esa misma forma encadenan noche tras noche como en el mito de Prometeo a los miles de cíclopes que sin memoria se juegan el último suspiro de fe que les queda en los bolsillos mientras el carnicero afila el acero digital del deseo y la propaganda.

En la caverna nacional los esclavos se reflejan en los muros invisibles de las largas filas de imaginarios vencedores en un ultramar de concreto que los enajena y los llena por un instante de una atmósfera de vitalidad recreada como si fueran los más famosos del mundo; las luces y el oropel les conmueve las entrañas hasta hacerlos parir lágrimas que el sagrado corazón de Jesús no puede. Y así, en un silencio de día y un estruendo de noche, los millones de mirones juegan a la realidad untada de sueños, mientras los números y las cifras records llenan estadios completos una vez rueda la pelota; espectáculo o no, los Reality desplazaron el horario sagrado de novelas y novelones por un ramillete de desgraciados que sueñan con acabar con el hambre de ellos y el de sus familias.

Mientras tanto los Mayas continúan serios e inamovibles viendo como la rueda del tiempo se convirtió en la rueda de la fortuna de los más rico, a su vez los más pobres lazan improperios contra sus cabalas del fin del mundo asegurando de ese modo un nuevo Reality que se denomine: Desafío 2013 “La Reconquista Maya: EL RETORNO DE LOS DIOSES”, grabado en formato Cine no se lo pierda es hora de comenzar una nueva aventura...y más allá en el fondo de la caverna global solo se escucha el ja...ja...ja... del diablo que se tiñe de negro para que no lo vean lo niños mientras el fuego chispeante de las imágenes les quema la cabeza. 

viernes, 28 de diciembre de 2012

REFLEXIONES FILOSÓFICAS FRENTE A UN PROSTÍBULO






I
Hay en algún lugar del mundo
una habitación solitaria
donde al lado derecho
una mujer inquieta me espera,
el humo del cigarro desvanece el velo de su pie,
su mirada rueda entre las mesas
y las sillas vacías,
las paredes le hablan
y las horas se alejan, llevándose
en las uñas algo de su cuerpo
algo de su pecado
algo de su vida
algo que se vende
algo que se compra
en las vitrinas de la noche.



II

La sonrisa se pierde en la placa de los buses
cada avenida tiene una historia
de sueño y tragedia.
Las ventanas se alejan de pronto,
el viento se relaciona con los cuerpos
en un abrazo invisible.
Los gritos de libertad y
el dolor del silencio expulsan
una lágrima de Satán llenando
océanos y mares podridos y perdidos.
Y yo aquí, observando la geometría de tus pies
las estrellas húmedas de la constelación de tus labios.