lunes, 13 de septiembre de 2010

NO HACEN FALTA TESTAMENTOS



Agatha suele desnudarse utilizando la simplicidad de una mariposa que se despierta de su capullo, se despabila en sentido contrario a los requerimientos ideológicos de la moral y el comportamiento adecuado de una mujer adiestrada para la vida en pareja o en familia. Sin embargo hoy es un día tardío para Agatha lleva sobre si misma un fuerte olor a demonio consumado y el deseo por la carne humana no está en esta ocasión dentro de su interés personal. De todas formas

su desnudez mueve el impulso corporal de David quien la busca en un estremecimiento forzoso tratando de aferrarse al mundo de forma interminable, quizás para siempre. Pero Agatha en un movimiento más bien tardío que mecánico se desembaraza del hombrecito de ojos temerarios con un simple gesto de desplazamiento fortuito hacia un rincón de la cama, por cierto angosta, dejando toda la escena inscrita en un hombre acurrucado contra la esquina y la soledad de la habitación a medio encender. El personaje que controla la salida y la entrada de los clientes se percata de la situación y se prepara a despertar a David, mientras en una de las habitaciones contiguas un borracho en desmedro de su situación intenta aferrarse a la cama para que no lo saquen arrastras del lugar. Grita desesperadamente el nombre de una mujer que no es la suya, y se deja caer como un niño dormido sobre una silla seguramente en espera de un despertar magnifico borrando para siempre la sensación de olvido en que la vida lo tiene.
David está atornillado como un esparrago y prefiere el silencio de la habitación al bullicio de la taberna que sube y baja de entonación cada vez que suena la música. El controlador lo increpa para que desaloje el lugar, Agatha lo mira, en su interior un remolino de arena se descuelga por su estomago y presiente que su embarazo esta vez no será distinto al último que tuvo. El hombre allí desnudo consigue por fin que lo dejen un cuarto de hora más mientras se decide abandonar el espacio allanado por unos minutos de descanso sexual. Agatha se decide a salir mientras el hombre se despabila como un pájaro en picada y se arrodilla frente a ella, de arriaba a bajo todos los momentos felices de Agatha desaparecen, tiene la sensación de que su hijo de cinco años se ha vuelto un hombre sin alma, y está frente a ella suplicando un último beso de despedida antes que la muerte se lo arrebate intempestivamente. El ruego es insistente, Agatha lo mira con el ademan de una princesa que es abordada por un pirata que no es su príncipe encantado y decide escuchar atentamente la suplica del hombre: David. Comprende que desde su posición de mujer en pie ella es Goliat, y él un simple gorrión extraviado en la geografía del mundo. La escena es simple, alrededor una cama más bien angosta, la luz proviene del techo, las sábanas de color azul con algunos arabescos y una flor amarilla en el centro es lo único vistoso en el lugar. Un cuartico diminuto que hace las veces de baño, el cual parece más bien un cuartito para una muñeca olvidada.
La suplica se convierte luego en una especie de salutación especial donde el dolor y la risa se confunden con el paso de los minutos. El hombre David, se refleja en los ojos de una mujer acobardada por los años, el efecto de los narcóticos se empieza a desvanecer, de la suplica se pasa a una especie de cójale la cola al burro. Los gritos y el jolgorio del lugar se filtran por todas partes. Agatha se sumerge en los vericuetos de la mente de David, y pregunta cuál es su oficio. Él con su mirada difícil de describir se sube a la cama y trata de escapar buscando su ropa, ella por el contrario olvida la pregunta y se decide a salir llevándose consigo el último aliento de amargura que la envuelve. Pero antes de escapar del lugar David la mira como un maniquí, consume un poco más de polvo ángel, y la abraza suavemente. Agatha no pretende resolver algún enigma psicológico de la situación, y mucho menos salvar un alma que recurre a ella en busca de los abismos centellantes que la razón a veces nos niega. La mujer se mira así misma en un pequeño espejo que la observa fisgonamente. De un momento a otro David le dice: “Gracias a lo que nace, a lo que muere, a las uñas, las alas, las hormigas, los reflejos, el viento, la rompiente el olvido, los granos, la locura”. Agatha a olvidado definitivamente quien es y pregunta casi como un ángel desparramado a qué se debe ese alegato que no comprende: Mi nombre no es David, Mi verdadero nombre es: Oliverio Girondo.
Oliverio es mi verdadero nombre, estoy cansado de la muerte, de los años, de los periódicos, de las limusinas y de los esqueletos deformes, de los cementerios y de los presidentes que lloran. Seguramente no has escuchado mucho de mí o sobre… (Mientras una risita quizás efecto de la droga lo empuja hacia adelante en busca de un respiro hondo que le permita continuar su dialogo), vivo como todos los poetas en las bibliotecas: otra especie de bares de prostitución. Manos y mentes de todas las edades me estrujan constantemente y yo al igual que tú, recibo muy poco en agradecimiento. La poesía y los poetas son cosas, mecanismos, instrumentos, accesorios, ajuares, notas perdidas, silencios bálticos, señales perdidas que ya nadie busca. Ni puta ni razón somos ahora respondió Agatha, mientras encendía un cigarrillo mentolado. Y por qué Oliverio y no otro nombre. Sansón por ejemplo. La respuesta tardo un minuto y la puerta en abrirse un instante, el controlador exigía de una vez el desalojo del lugar, una parejita buscaba un asilo coyuntural y específico: sexo pagado al detal. Oliverio se fumó un sorbo del cigarro de Agatha y pagó nuevamente un tiempo extra al controlador. La mujer más bien mal vestida trato de equilibrar sus fuerzas buscando en su interior un chakra misterioso que le permitiera enfrentarse de tu a tu con aquel extraño personaje.
Así que te crees poeta, no… poeta no, ese es un castigo muy grande ahora que lo pienso con detenimiento. Soy poetazo. Y cuál es la diferencia. Que el poeta sufre, mientras que los poetazos reímos con la vida. No comprendo mucho la diferencia pero trato de entenderte. No es necesario que entiendas ya todo te lo he dicho, todo esta en este testamento que te escribí, extendiéndole una nota. Agatha abrió un retazo de papel el cual contenía la mitad de una cuartilla:
Testamento
En nombre mío y en calidad de mí propia ralea te dejo estas líneas en papel libre de mancha o de significados extraños al poder de las palabras; un poema y nada más:
Lentamente he ido perdiendo los ojos,
Las manos, los dientes, la pereza de los
Años; el fuego y el barro no permiten
Hacerte un retrato milenario, sin embargo
Te dejo mis tristes pasos y un puñado de
Miedos que la noche envuelve, te dejo mí
Voz, mis dedos sobre tu vientre, te dejo una
Piedra en vez de un mar, te dejo un gusano en
Vez de una avión, y te dejo finalmente mi espina
Dorsal en arrepentimiento por tantos años de
Ausencia y no haber llegado antes a cumplir tú
Deseo de princesa enferma con la espera de su
Príncipe encantado, y perdóname el no haberte rescatado
De este encierro y murallas inexistentes.

Oliverio se despidió de Agatha en una solemnidad muy parecida a la que hacen las personas importantes cuando se enfrentan a la locura del poder. Agatha supo que el amor y esos demonios que surgen en la soledad de la prostitución no existía como ángel ni como demonio, más bien poetas y poetazos, genios malignos que ya no son tendidos en cuenta, se precipitaban cada noche en busca de su abismo para caer poco a poco en la vejez, cuyo surrealismo sólo se compara con los desmedros del tiempo. Desde aquel día sus días fueron claros y distintos, llenos de arrebol, la noche no había cesado; a penas comenzaba su recorrido, cerró el poema y pensó que tan lejos estaba que amaneciera y que tan lejos estaba de los cuentos de hadas. Sintió además que no hacían falta testamentos para saber que Oliverio la quería pero que era incapaz de salvarla, pues comprendió que ella no corría ningún peligro: ya no era necesario que derrumbase al gigante de la nada junto con su mascara el vacío seguía preñado de ideas.

De la noche y sus temores
Julio 17 de 2010.

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