sábado, 17 de julio de 2010

TARDÍOS RECUERDOS




Anoche en mitad de la nada y junto a un cuadro salido de la oscuridad más absoluta, te escribí unas cuantas líneas que no sé, –en verdad– si las pueda llamar, poesía, o poema. Sin embargo un peso inagotable se funde en mis entrañas como si me fuese a romper el alma de una vez y ya. Comprendí que detrás de una obra de arte, por ejemplo, se esconde de alguna manera la voz interior de alguien que clama, y [esta vez] no es en el desierto, sino más bien en estas desiertas calles, que nos convidan a continuar en ellas, hasta que ya no tengamos más a donde ir, y finalmente optemos por morir fácilmente, demudados y caducos. Mirar bajo las sombras de una habitación cualquiera, y en compañía de algunas sombras también tardías, no es fácil, quizá sea porque detrás de toda molestia, se esconde un espíritu tardío, lejano, ausente, demudado, cansado y fugaz. Cuando la música sonaba en aquella habitación, las palabras deambulaban en cada pintura como si fuese ya, la despedida y la muerte total de los allí presentes.


Recuerdo, y pienso que los recuerdos se vuelven quejidos de la existencia cuando no somos capaces de volver a ellos, de la misma manera como aquellas imágenes con sus sonidos nos acogieron inmóvilmente. Lo que recuerdo son las palabras que se aturden en el silencio de la habitación y de alguien que nos interpuso una recurrencia: “[…] ésta música me deja por fuera, del tiempo…” tal vez, si estemos ya, por fuera de todo tiempo, de todo lugar, de todo momento, de toda historia. Y así, no puedo avistar otra cosa, que estamos por fuera de todo alcance, de toda epifonema existencial y sin la excusa adecuada. El movimiento ese tremendo elixir de los sentidos, me hacen pensar que la noche, la cual se movía en su enseda hacia el fin, hacia la hora temprana de las muertes múltiples y directas, era un cajón interminable donde todos moríamos en silencio en un secreto a voces, mientras la criatura dormida soñaba el tiempo.


Bajo aquellos ojos y en silencio, sustraído por la mirada penetrante, me vi como otro animal dentro de sus ojos cortantes y delicados. Despacio muy despacio, los delicados labios se dejaban inundar por la suave lengua, –no podría aclarar cuál será el efecto táctil que sintió ella en aquel instante–, mientras yo tan sólo me veía a mi mismo, en el resplandor de sus ojos fuertitos. Afuera la ciudad lucía en medio del bullicio quedo, como un hospital que se aquieta cuando los pacientes en sus camas duermen su enfermedad, mientras anidan en sus bocas y pensamientos todos, los ríos de aguas que curan las soledad y el encierro. El efecto de la música nos llevaba al precipicio de las palabras, a la oquedad de los pensamientos y, a nosotros mismos nos conducía como a niños hartados de comer golosinas sin detenernos: a un cementerio de esqueletos vivos.


El duro metal que acoge a los visitantes se cuelga ahora como una obra inconclusa, como una tarde que muere despacio y, a dedos. El metal estaba templado como una cortina, como una daga milenaria que nos corta a pedazos cuando ya estamos débiles y dispuestos para la muerte. En este día que avanza como una serpiente de ultra mundo y vital, los ojos se demudan, –entonces– comprendo ,al fin, que prefiero la noche por su aspecto de bruma, donde mis sentidos se comunican con las paredes escuras de las palabras, y la mirada baldía de un animal que nos especta, y huye sobre la mesa hasta caer en una orilla que desconozco, me confirman lo inevitable: que anoche no fue un poema lo que compuse para ti, si no, que creo que son sólo los tardíos recuerdos de la noche que murió.


AUTOR: ARIEL ALBERTO PARRA MIER

LOS INSECTOS DEL TIEMPO


Si aquella tarde los trapecios hubiesen estado solos, la mirada de risa se habría quedado en los lazos tiesos del tiempo. Arquímedes se sentó en el pozo esperando que la noche quitara la coraza de la tortuga, mirando los espacios donde la lluvia fluía con una máscara de nubes en un cielo cargado de incertidumbres. Las estrellas desvanecidas en las concavidades de los ojos reflejaron en la mirada de Amén el desierto que sus pies habían caminado tres siglos antes. Ella dormía junto a una palmera secada por el intenso calor y el sol caluroso de esas eras sin una historia escrita en los papiros de las manos. Creer que Amén estaba soñando, puede hacernos equivocar en la medida en que los sueños se crean en los dedos delgados del viejo Peyaye, mientras come un higo fresco bajo la sombra de un almendro y observa la inquietud de siglos y siglos. Era extraño, pero los labios de Amén estaban precisamente en la coraza de la tortuga, Arquímedes no entendía el color muerto de la concha, el silencio era extremo, y el viejo Peyaye jugaba en los lares de las sendas por donde había caminado el animal sin alcanzarlo, pero lo que ellos no sabían es que Amén esperaba el leve movimiento de un billete, de unas manos sucias o limpias, a ella eso no le importaba. Su piel fresca reflejaba la cinco de la mañana, y los relojes de arena dejaban caer el sonido silencioso del tiempo, connotando el factor intangible de las horas, envejeciéndola por unos momentos y haciéndola niña en otros. Sin embargo, lo que nos importa no es Amén, sino, la escena aquella donde ella se destruía en los barrotes de una soledad acompañada por sombras, sin cuerpos, sin almas, sin risas, sin nada.
En ese principio la soledad era el Todo, se recorría el espacio en un pequeño infinito de dolorosos soles, angustiantes lunas, y las sombras se proyectaban como posibilidades de hombres o mujeres, mientras sus cuerpos se horneaban en los calderos de fuego frío, dejando que las almas se tostaran como hostias de harina fresca. No había risa, sólo un sonido de gritos y balbuceos que hacían que la nada fuera precisamente la incomprensión de lo uno disperso. Las constantes fabricaciones de muñecos nuevos hicieron que el espacio inmóvil se hiciera móvil dejando que el tiempo y la distancia construyeran amores sin cuerpo y sombras sin risas. Fue así como Jana la madre de Lucrecio corrió un día en busca de las flores que asomaban por los senos de las cordilleras, y encontró detrás de las colinas una lontananza verde donde las aves no tenían nombre y el agua no había sido descubierta. Llegó al río donde Juno la preñó y de allí nació Herón, entre las ramas de un árbol que nunca pudo nombrar. Después de varios siglos donde las horas construyeron fábricas de relojes con cuerdas, y la distancia se recorre en automóviles, nada se sabe de Herón quien se acostumbró al olvido de una tumba que fue cubierta por la civilización del concreto y los cantos tecnológicos le susurran a sus oídos muertos. Pero si Amén recuerda a Herón, que la creó en un tiempo de cañones y fusiles, con una noche de truenos y tormentas, donde como no existía el tiempo ni el espacio, no había cabida a ningún concepto de pecado, y mucho menos se amamantaba la idea de la familia, y la sociedad no se nombraba en el lenguaje claro de los hombres salvajes, o de esos hombres en el sentido metafísico de ser hombre. Eso significa que ella sabe que es producto de un sueño realizado en las habitaciones de algún rincón del espacio diminuto que aún no conoce.
Ese martes en la mañana ya todo estaba construido, las avenidas se cruzaban saludándose entre ellas y los pájaros se posaban sobre los techos de los edificios; Sabrina abrió la puerta y salió a la calle en busca de aire pero las ráfagas de viento estaban contaminadas de un humo nocivo, sintió un deseo de placeres inmaculados para alejar aquella pereza por envolverse entre los brazos del fuego, el mismo fuego que la había creado sin que ella se pudiera revelar contra eso. Sabrina era una mujer horriblemente bella, sus piernas delgadas se levantaban como dos columnas de templos antiguos, sus labios tenían un color vívido y en sus ojos se pescaban momentos de infiernos mágicos, que los libros escritos y aún sin escribir jamás contienen ni podrán contener. Sin saberlo ella estaba en la lista de próximas empleadas, en la fila sentía asco de su vida, de seguir viviendo, por ello una mañana intentó romper el embrujo y el sortilegio de su vida. Sin embargo, las golondrinas no dejaron que su alma aún no construida se escapara de su cuerpo aún no probado; abrió el libro del viejo Gamaliel y se encaramó en una existencia de placeres que había atado durante varios años. Los antiguos arcanos consideraron que la humedad de los vellos estaba prohibido para una mujer sin pasado que evocar, que su piel había olvidado las caricias primitivas de un amante inexistente. Todo esto se construía en el momento en que Sabrina sin saberlo, abría la puerta de la calle y se lanzaba a ella sin una ruta predeterminada pero que inconscientemente la sumergía en lo mismo y en la misma habitación de dudas y relatos sin sentidos.
Los caballos se alejaron esa tarde de julio bajo una lluvia soleada y Maño se atrevió a cruzar la calle determinando su historia y la historia de Sabrina, fue entonces cuando en los labios, los ojos, la piel y los dedos de ella creció la evocación de otroros siglos, donde Jana y Juno volcaron la ranura de los relatos huyendo por los ríos demacrados de un desierto colmado de camellos, y Herón secaba en sus manos una tristeza por la muerte de Zilava dejando que Amén llorara por los senos podridos de su madre enterrados en una arena sedosa y caliente. Todas las máscaras se rompieron después de cinco siglos y siete eras, las miradas eviternas de Sabrina y Maño hallaron su antigua historia colgada en una mochila de hilo sobre el anca de una serpiente que cambiaba de piel cada decenio. Dirán que ellos esa tarde fueron amantes, pero tal hipótesis es falsa, pues nunca llegaron a eso. Incluso si Sabrina no hubiese muerto preñada de insectos una noche de júbilo mortal en un lecho duro, y le preguntaras si conoció a Maño, ella diría que no. Incluso si vamos donde Maño y su sordera, su ceguera y su mudez lo permite, el dirá que no conoció a Sabrina. Lo único cierto es que Peyaye sigue frente al espejo dando vueltas a una esfera de barro que gira en torno a un eje invisible, y Arquímedes mira la tortuga alineada junto a la serpiente que carga la mochila.
Amén abre el libro y lee constantemente la historia se fuma un sueño y luego grita en el cuarto abandonado y puramente blanco, donde los barrotes delineados y alineados por la mente y la idea la condenaron a vivir en una habitación de sombras, de cuerpos y nada. Sólo ella los veía y hablaba con ellos, les narraba su historia construida en el instante que leía el libro, les hablaba de su abuelo Remigio, de los caballos y jirafas que tenía en la finca cerca del oasis de Nazurem, y las veces que su abuela Jana corría desnuda por la intemperie de los cielos oscuros y las arenas frescas, en busca de un esclavo negro que dormía en los remotos sueños de Cleopatra. Dice que Herón y Zilava se durmieron un día que los dos corrieron por las aceras de una ciudad desconocida en los tiempos que ella visitaba dormitorios ajenos. Hace algunos comentarios de Sabrina y Maño no como un recuerdo que vivió sino como su próximo relato, su nueva vivencia, su posible encarnación después de alejarse un poco más de la tortuga que la observa descaradamente a través de los papiros del viejo Gamaliel.
Recordarán que los escritos encontrados en las manos del cabo Matías la tarde de invierno, con cielo gris y anuncios opacos, no se escribieron en los talleres de la vieja Quinti, esos manuscritos se perdieron de los cajones del ilustre templo de los tomasinos que cantaban con los labios heridos, porque creyeron que Aristóteles les daba el sentido lógico de afirmar la fe en Dios por medio de la razón. Saber realmente lo que sucedió en los cauces del río Nilo y hallar la cana que desapareció de la cabeza de Moisés, es llegar a saber la verdad sobre Amén y como mientras observa una tortuga dibujada en el papiro puede llegar a ser Sabrina viajando de siglo en siglo, siendo y no siendo. Por eso Amén lee el libro antiguo, las novelas europeas y americanas, lee a los filósofos clásicos, los alemanes, incluso algunos franceses, encuentra que Sabrina también los leyó. Ya la conoce y tiene los dedos, los ojos, la piel, que demostrarán en un tiempo inenarrable que es realmente Sabrina, que su vida estaba cayendo lentamente como una poesía escondida en los fragmentos sólidos del viejo reloj de arena que Cronos da vuelta sin parar, y nadie podrá dudar desde ayer, desde hoy o desde mañana, de su existencia.

jueves, 8 de julio de 2010

POEMAS ENTRE CUATRO PAREDES


ESTRUCTURAS

Cataratas de formas y esencias
Nubes vellosas que humedecen el valle
Ritos de fuego y dolor y miseria de todo
Cavidades oscuras donde emerge la vida.

Si pudiera derramar mis palabras
En la vagina fértil de una mujer extraña
Y ellas se amamantaran de la leche sólida
Para hacer de estas frases una piedra dulce.

Si esa mujer tuviera en sus piernas
Una remota noche del antiguo Olimpo
Y sus labios brotaran un salmo de lenguas
Viajaría en su estigia de sepulcro y cuna.

Las trompetas tronarían en honor a la batalla
Y las frases caerían en una Troya enlagunada
Y mis brazos se fundirían suavemente
En su llanura de espalda y abdomen.

Entonces la poesía tomaría su óvulo fresco
Y caería en un parnaso de suaves carnes
Viajaría por el océano de Ulises sufrido
Y brotaría por la vulva de Circe
Una oda de calles y noches ensangrentada.


I

Amo desde hace tiempo tu cuerpo
De arroz maduro,
Tus ojos de aire y tus labios de espuma,
Te creo dueña del universo.
Te traeré de la noche flores alegres,
Limones, manzanas oscuras
Y cestas silvestres de besos
Para que en tu boca florezcan las palabras y el silencio
Y en tu mirada tus ojos se hagan poesía, canto.
Quiero hacer contigo
Lo que la primavera hace con los cerezos.


VIOLACIÓN

Rompí su virginidad en una noche oscura
Deshonré sus líneas como un bárbaro canalla
Sometí su inocencia blanca a la tortura de mi mano,
¡Pobre pequeña! El viento la hacía golpearme suavemente.
Hoy le pido perdón, ¡perdón!
Por haberla manchado con mi semen negro.

CARTA A UNA PUTA DESCONOCIDA



La tarde suena como siempre con esa melodía sin gracia, el olor suave del café caliente deja una estela agradable a calor, a brisa, a sonrisas, a labios frescos. Sí en pocas palabras, deja tu olor que viaja en un río innavegado. ¿A qué vienen estas palabras? Te preguntarás, la verdad no lo sé, pero si la respuesta más certera me fuese dada la escribiría para calmar tu inquietud y tranquilizar tu alma de mujer. Esa alma que despiertas cuando yaces sumergida en ese océano de frases absueltas que se pierden en el espacio intangible que nos separa, en tus sueños líquidos, en tus labios ardientes, en tu horno de vida.
A veces cuando te observo a través del espejo y te posas sobre mí, como una sombra con peso y olor, como un ritmo primario del edén desconocido, quiero tomarte por las caderas, levantarte como un cáliz sagrado y ofrecerte a Dios antes de consumirte. En esos momentos entonces me pregunto: ¿qué somos tú y yo dentro de los cánones sociales? Y aunque con esas cavilaciones poco profundas por cierto, termino alejándome de ti, retorno a tu mirada como el hijo pródigo para disfrutar de tu compañía, para observar cada vez que cierras y abres los párpados y dejas ver tu pupila, ese pequeño universo que son tus ojos, mientras tus manos y las mías juegan a encontrarse en los caminos invisibles de nuestros cuerpos. Hay momentos en los que hablamos y en otros el silencio mágico revela la insignificancia de las palabras para instantes como ese, la poesía no existe, los filósofos se esconden, los sacerdotes oran, las secretarias se masturban con papel de imprimir, los gerentes se suicidan con cifras y números.
Pero volviendo a que somos, creo que los dos somos una casualidad dentro de las casualidades, hay una razón sin razón que nos lleva a citarnos y perder unas horas juntos. Considero que esa casualidad me lleva a una necesidad que tu logras satisfacer, eres mi necesidad. No sé si el cuerpo tenga necesidad del alma o viceversa, sin embargo, hay horas en las cuales tengo necesidad de oírte, de olerte, de saberte, de saborearte, de mirarte, de poseer tu piel, tus aromas, tus líquidos y todo lo que eres. La causa de todo aunque parezca paradójico es un profundo temor de oírte, de olerte, de saberte, de saborearte, de mirarte, de poseer tu piel, tus aromas, tus líquidos. Como puedes ver tengo necesidad y temor de vos.
Ahora el instante se torna tangible y demasiado concreto, la fábula de los días continúan fraseando los hechos, el recuerdo plasma tu retrato sobre mis sueños, y tu voz es un tatuaje en mis oídos. Cuando te recuerdo me pregunto por vos y esas imágenes que tengo de vos y de las cosa que desconozco de tu vida, cuando nos encontramos hacemos de todo menos conocernos. Tu temes que llegue a conocerte y te escondes en ese caparazón que siempre usas, y yo, bueno, resulto tan difícilmente fácil de conocer, que no asombro nunca a nadie, en cambio vos sos asombrosa desde tus pies a los cabellos, cada cosa te pertenece, eso es irremediablemente tuyo, te perteneces tácitamente, y me gusta que seas así, con todas tus máscaras, tu realidad y tu fantasía, con tus sueños escondidos en quién sabe qué lugares, qué tópicos, qué hemisferios. No puedo hacer nada, vivo construyendo espacios sin lugares para vos, una habitación donde sólo cabe la uña del dedo gordo de tu pie derecho, que por cierto, es más grande que la del dedo gordo del pie izquierdo. Edifico columnas para levantar tu forma y tu figura, últimamente he construido con pedazos de madera una cajita para guardar el sonido que emites mientras hablas. Que pobre soy, al final lo único que tengo son unos cuantos billetes y unas monedas, es la única forma que tengo de poseerte.
Adiós, es posible que mañana cuando abras la puerta esté yo ahí. Y después de un tiempo repitamos el adiós cotidiano del alma y el cuerpo.

LA HUIDA




Había decidido marcharse cuando la cortina se cerrara y la oscuridad flameara en las paredes de la casa. Cojeaba de su pierna izquierda y en su mano derecha llevaba unos guantes de cuero sin pulir; observó por última vez la pica al lado de la cama y, la pala tirada en el suelo de la sala, salió al patio tomó tierra y la guardó en una bolsa negra. Una lágrima danzó por su rostro cayendo al piso formando una diminuta laguna que después de unos segundos la brisa y el calor secaron sin dejar rastro.
Tenía que coger el camino más cerca, dejar atrás cualquier cosa que lo hiciera prisionero, entonces decidió que era necesario correr al campo donde le sería fácil esconderse y, nacer en un medio diferente que no fuera tan trágico como del que huía. Una estrella en el cielo diáfano empezaba su canto de descenso y una luz lívida reflejaba una sombra lacónica que se diluía en medio de los arbustos, las huellas seniles de sus pies se esparcían como el rocío, en una tortura amorosa sobre la arena recién humedecida.
Aquella batalla había sembrado una estela de cadáveres que eran pisoteados por la fría sonrisa de unas enfermedades estériles, que tenían aspecto de alimañas dulces, formadas en un laberinto de oscilaciones anormales, llenando de vaguedades cada tramo de tierra que pisaban. Aún el recuerdo rojo escarlata de la pica que se secaba lentamente y, los ojos de angustia que lo observaban, haciéndolo sentir culpable de cada mirada que se perdía en las fosas de las tinieblas, seguían con él y su marcha; el camino le cantaba la canción del viajero, el canto de su partida.
Por momentos sentía la pérfida alucinación de la noche anterior, librando una lucha feroz por permanecer en la certidumbre acongojada que lo llevaba hasta el final de la jornada, la locura de aquel instante se restregaba en sus evocaciones y, escuchaba las agonías vagabundas de los tiempos postreros, se mantenía de pie con una ilusión radicada con la soberbia de sus propios deseos, desnudando mujeres para luego penetrarlas con la mofa sediciosa del fugaz momento que caía por las sábanas, absorbiendo la hez de frutas podridas y dibujando en sus ideas la horca de cuello dorado. Sus ojos se perdían en la grosería infinita de un cielo manchado y preñado de sueños sin locos, con pintores errantes que matan a dioses vestidos de putas y cabalgan en medio de la danza, llevando una vida de idiotas, de esclavos leprosos que cargan la derrota de los mares perdidos en los desiertos glaciales.
Seguía con la bolsa negra en la mano. La distancia lo observó y un árbol seco se dirigió hasta él, sin perderlo de vista mantenía la esperanza de caer en la destellante bruma de sus días. Antes de llegar al árbol lanzó un escupitajo sobre la tierra como vomitando su propia naturaleza, su propia raíz; era el momento de comenzar a dar el paso final sin poseer ningún remordimiento y ufanado por lo acaecido. Tomó una tira de seda y la llevó hasta una rama, entonó la canción de cuna que su madre solía cantarle en las noches de trueno, hasta que él cumplió treinta y tres años; empezó a crear en su mente las odiseas que había vivido, con el pedazo de seda que sobraba como un ágil artesano elaboró una fina cadena que puso en su cuello.
Vio resplandecer los últimos astros en el orbe, su mirada se opacó con un sueño de abismal descanso, sintió el dedo suave de una mujer invisible que le cerraba los ojos y le narraba una leyenda de viajeros a caballos que huían de la necesidad de morir, sus labios dejaron ver la sonrisa fresca de demonios desnudos, la última sonrisa para luego dejar que un sol diminuto explorara su sueño y dejara que la luz lo despertase, para saber que ya no estaba en el sitio del que había huido. Allí encontró los rostros inyectados de sangre y llenos de angustia que lo hicieron recordar la pica y la pala que dejó abandonadas en la sala y cerca a la cama y, esos mismos ojos lo devolvieron a un árbol seco que poseía un olor nauseabundo, mientras los gallinazos coreaban la canción de la comida y satisfacían su hambre de locura.

martes, 22 de junio de 2010

LA IDEA DE LA LITERATURA ACTUAL EN COLOMBIA




En este escrito plantearemos nuestra visión del estado actual de la literatura colombiana, teniendo como fundamento para ello la lectura de algunas novelas, con lo cual aunque no es suficiente para dar un juicio más general, si nos aportan elementos suficientes para lanzar una valoración sobre la propuesta literaria de nuestros autores. Para ello seguiremos el siguiente orden en el texto: primero haremos un comentario sobre cada novela, los rasgos y los problemas que abordan cada una, para dilucidar si hay una temática común y en que se diferencian; luego daremos nuestra postura frente a la propuesta que nos plantean en los escritos literarios, intentando hacer una postura crítica que incluya por qué no, unas perspectivas sobre el rol de la literatura o del arte en nuestro contexto.
Empecemos con la obra Los Impostores (fue la novela que leí del autor) de Santiago Gamboa. En ella el autor nos habla de unos personajes que se ubican en un entorno académico; el tema en el escrito es la vida errada que descubren los personajes que llevan, cuando se lanzan en una aventura. Es a partir de esa aventura que pueden reconocer en cierta forma la inutilidad de la vida que llevan. La soledad, el individualismo, el afán de reconocimiento, una ciudad que se conoce desde distintas perspectivas, y una idea de violencia planteada desde una revolución en un país oriental, es la red de ideas que se leen en el libro. La deficiencia es en cuanto los personajes por más intelectuales que sean no poseen una posición autónoma, viven en cierta medida en una burbuja desde la cual la realidad es desdibujada, son personajes sin peso, y se podría decir sin un pronunciamiento.
Sigamos y hablemos de la obra El día de la Mudanza de Pedro Badrán, en esta novela el autor nos narra los acontecimientos de una familia que cae en desgracia y tiene que cambiar de hogar, una historia aparentemente sencilla que gracias al ejercicio fenomenológico de la narración devela los problemas de una sociedad como la nuestra. En ella vemos desde el problema de una cultura vulnerable, hasta el narcotráfico, pasando por los prejuicios sociales y la condición de los hombres cuando se sienten fracasados. Esta es una novela que deja pensando sobre la inactitud de un pueblo que simplemente observa el mundo como maniquíes que visten y desvisten la corrientes de moda y un sistema que califica como exitoso y fracasado de acuerdo a un status social.
En la novela En el Lejero de Evelio José Rosero Diaco; vemos la odisea de un anciano que busca a la nieta que está desaparecida. En este libro los problemas van ser: la violencia, el abandono, el desplazamiento; dejando ver la realidad desde una perspectiva oscura y donde lo imposible es un monstruo que incluso lleva a las voces de los personajes a no plantear alternativas, son voces que se pierden en ese espacio volcánico.
La propuesta Barros Pavajeau en su libro Ciudad Baabel, aunque novedosa, por el estilo, pero que se puede comparar con La Colmena de Cela, porque los personajes aparecen sin ningún tipo de relación entre sí, todo es un cúmulo de murmullos, en el caso de Cela los personajes no poseen ningún tipo de afinidad sólo se saludan, conversan alguna cotidianidad y salen de la escena.
Barros Pavajeau, dibuja en su narración un voyerista auditivo que se entera de la realidad por voces o comentarios de los pasajeros de un bus que cubre una ruta en Bogotá a partir de esas voces conoce el entorno de las condiciones en las cuales los habitantes de la ciudad se mueven, el hombre es un espectador de la ciudad; los personajes o mejor las voces sólo narran sus vivencias, en esas voces no hay una postura crítica.
En cuanto a la novela La Lectora, su autor continua con el tratamiento de los problemas de la sociedad, sin embargo en ella no existe una crítica fundamental de las situaciones. Los personajes son unos seres que viven de la inmediatez, de un tipo de vida fácil; donde la felicidad no se avizora más allá del capital, es una novela consumista que hasta la intelectualidad planteada en el personaje de la lectora, es una intelectualidad pacata y superflua.
Continuando con la exposición de las obras, hablemos de la propuesta de Piedad Bonnett, en Para otros es el cielo. En este libro el planteamiento de los problemas traen una posición racional, un sujeto reflexivo que gracias a la comprensión de la realidad se muestra escéptico. Un individuo que halla en la soledad la única salida a la vacuidad que el entorno le proporciona; en la propuesta de Bonnett, la razón se dibuja fracasada frente a la realidad, y, el conocimiento está en un estado de decadencia que la academia es un antro donde los sabihondos hacen su aparición con ínfulas doctas.
Llegamos ahora a la denuncia de Faciolince en su libro El olvido que seremos; este texto se plantea como el recuerdo que tiene un hijo de su padre, pero este es un pretexto para pronunciarse sobre los acontecimientos de injusticia, desigualdad, violencia; en un país donde pensar distinto es ser un anormal que debe ser desaparecido. Este libro es un libro donde la posición política del autor busca crear una sarna que lleve al lector a recordar que el pensar es la salida, que se podría decir la única a los problemas sociales. Las ideas son las que aunque ponen en riesgo la vida del hombre, son ellas las que proporcionan horizontes de posibilidad, para mitigar el escepticismo; en esta obra las ideas claman no ser olvidadas.
Y llegamos a la última novela. Rencor de Oscar Collazos. Donde la idea narrativa de una niña que cuenta su vida, nos conduce por una mirada real de los espacios que escondemos por vergüenza. Esos espacios donde lo inhumano se prueba con un sentimiento de asco. En este libro hay también una denuncia sobre el estado de miseria en la cual vive el pueblo; los desplazamientos, las invasiones en las periferias de las grandes ciudades por parte de quienes huyen de las masacres; las violaciones y la prostitución a temprana edad, se nos develan en la lectura creando una atmósfera cruel de una realidad que personas conscientes no pueden aceptar, como una de esas telenovelas de medio día, que no llevan a la reflexión crítica de nuestra realidad.
Ante las propuestas de los autores anteriormente mencionados, nos aventuramos a partir de este momento a realizar nuestra visión sobre lo que está planteando la literatura en nuestros días. Para ello vamos a aclarar que el juicio que lanzaremos, contiene una perspectiva política. Es desde esta perspectiva que tendrá sentido el juicio que haremos. Debemos aclarar que entendemos por política, una idea en la cual el juicio reflexivo de los sujetos se encamina a un planteamiento crítico de una realidad que afecta a los individuos en su condición humana.
Partiendo de la idea, que la literatura o el quehacer literario tiene como principio develar un estado de cosas que existen, en diversas formas de manifestación; entonces, la obra debe adicional a ese develamiento llevar un pronunciamiento. En las propuestas literarias que se trabajaron, todas plantean los problemas que vive la sociedad; sin embargo algunas de esas propuestas pasan inadvertidas, ya que no hay un cuestionamiento que las haga trascendentales dentro del ámbito literario. Podemos ver en ellas que la violencia, la soledad, el conocimiento, la indiferencia, y, otra cantidad de problemas llenan páginas de libros que al final no dicen nada; sobre todo porque en la obra no hay una posición del autor, su visión de la realidad. El autor más que creador es un amanuense que se dedica a llenar libros con historias que en lo axiomático terminan siendo vacías.
El afán por figurar en el circulo literario, sumado a una empresa editorial con fundamentos capitalistas, lleva a que el mercado este lleno de obras literarias, que empobrecen el ejercicio crítico y creador de un escritor con criterios propios que lo lleven a plantear cuestionamientos serios de la condición del hombre. Se hace con esto una literatura para leer en busetas o también en discotecas, debido a la superficialidad que no exige demasiado al lector. Los temas son tratados con demasiada superficialidad, los personajes no poseen un pathos; el problema en estas propuestas no son los temas comunes sino el tratamiento light que los autores realizan en sus libros; se requiere que en lo procedimental la obra dibuje la realidad y en su estructura plantee elementos de juicios que lleven a la reflexión.
Por otra parte, aunque el mercado está lleno de novelas con historia que parecen sacada de telenovelas para entretener empleadas domésticas; es alentador encontrarse con propuestas, que aunque escasas salvan el nombre del arte literario. Sus planteamientos y la postura de sus autores no sólo como creadores, sino también en el papel de sujetos políticos, los lleva a pronunciarse en sus libros; dejando en ellos su discurso sin esconderse en el personaje. O asumiendo el rol de personajes para lanzar su juicio crítico y la oposición ante un orden de ideas que va en menoscabo del hombre.
Autores como: Piedad Bonnett, Héctor Abad Faciolince, Pedro Badrán y Oscar Collazos; entran en el abanico de autores que toman una posición en sus novelas; en ellas éstos autores no son ajenos a la realidad; entran a asumir compromisos frente a los problemas en los cuales vive sumergido el hombre. Se ve en ellos una consciencia y una responsabilidad a la hora de escribir sus obras, de allí que aunque hablen de los mismos problemas en sus formas de plantearlos se descubre una visión particular del mundo y el juicio que lanzan en sus escritos es en este sentido racional y autónomo.
La literatura como todo arte debe crear en los lectores el derrumbamiento de sus mundos; sobre todo en una sociedad dormida como la nuestra, el papel de la literatura debe ser el de despertarnos de la idiotez malsana que nos agobia. Desafortunadamente las editoriales juegan su papel al igual que las academias de adormecer el espíritu crítico de los individuos; haciéndolos discípulos del facilismo, lo vacuo, lo superficial; logrando que a cualquier cosa la llamen expresión artística. Sólo el arte en todas sus manifestaciones puede mostrar el cadáver que se pudre ante nuestro ojos y no lo notamos; se debe desenterrar todo lo que yace olvidado con el propósito de salir de ese estado de intelectuales pacatos de poltronas, que son indiferentes a la situación que afecta a los individuos.
El compromiso de la literatura es dejar huella en la historia, en ese devenir de los hombres en su mundo; ¿qué huella están planteando los escritores nuestros en este momento de nuestra historia? ¿somos tan pusilánimes como para reflejarnos en esos personajes burbujas? Es claro que este país de miseria vive en lo que en economía se ha denominado sociedad de consumo, sin embargo la literatura no puede ser un producto de supermercado, un producto perecedero. El arte mediante la labor literaria tiene desde su origen una idea de caos, de violentar los ordenes que se implantan en ciertos contextos; la literatura no puede jugar al papel de la puta barata que por unos pesos se acuesta con cualquiera. La literatura debe ser autónoma, libre, pronunciarse sin tapujos. Se requiere que los escritores ejerzan la labor literaria en el contexto de mostrar su individualidad, y no escribir para ser nombrados en las páginas sociales o los espacios de entretenimiento de los noticieros; es necesario que se derrote ese afán de fama y de escribir para apaciguar el hambre.
En este orden de ideas en el espacio literario de nuestro país están las propuestas de los autores que hemos mencionado; unos que siguen el afán de publicación y otros que prefieren ser creadores; son estos últimos los que producen en el lector la sarna, la urticaria, la infección que un buen libro debe producir; después de la lectura de un buen texto se debe salir enfermo de la realidad, debe hacernos llevar una piedra encima, porque se nos ha develado nuestra tragedia. Si un libro no produce esto debe ser arrojado a la basura; en nuestras obras literarias actuales hay tanto hueso que el lector debe tener olfato de canino para poder hallar entre toda esa osamenta un hueso con algo de carne.

domingo, 20 de junio de 2010

POR QUÉ SOY PESIMISTA


Viendo como se están desarrollando las tendencias políticas, la forma en que afrontamos nuestra realidad, el estado de indefensión en el cual muchos se encuentran sumidos en el país, y sobretodo el estado de conformismo de mis compatriotas, el futuro que les auguro a los colombianos no es nada bueno. Y no lo digo porque se vaya a elegir a Juan Manuel Santos presidente de Colombia; lo digo, por el conformismo de la mentalidad de muchos de nosotros, que a pesar de lo complicada que anda la situación del país, nos resignamos diciendo que esto toda la vida ha sido así.
Entonces la mayoría dejan en manos del tiempo decisiones que tendrían que tomar ahora, nos sentamos a contemplar santos, pensando que de esa forma se nos van a solucionar los problemas. Pero la oración más que un acto de contemplación debe ser palabra en acción, que contribuya de verdad a cambiar esa realidad que nos consume y no un acto de aguantar y de hacernos dignos de entrar en un cielo que parece reservado para los que se conforman a recibir atropellos e improperios por parte de unos, que amangualados de muchos que se hacen llamar guías espirituales son los culpables del adormecimiento mental de nuestros compatriotas. El amor como centro de la mayoría de las religiones, es acción, y la acción es creadora, la que da vida y es capaz de compartir y mejorar, es capaz de cambiar el mundo, pues una vida sin amor es como una revolución sin ideal.
Somos conformistas, llenos de ideales de estomago, las ideas fluyen en medio del desespero y se acallan cuando la barriga está llena. Nos quejamos de los atropellos, pero cuando los cometen contra nosotros. Decimos que las cosas andan bien, no porque así lo percibamos, sino porque los medios nos recrean una realidad que parece sacada de un cuento de hadas, y no aquella del diario acontecer de nuestra nación, pues los medios nos endiosan a líderes sin escrúpulos que lo único que les interesa es mantener las cosas como siempre han estado, o sea, los ricos más ricos y los pobres más pobres.
Conformados, o más bien resignados, como idiotas útiles, los colombianos van a las urnas a seguir el juego que siempre pone el poderoso para seguir legitimando tantos y tantos años de abusos. Y lo peor, es que la gente como si nada, no reaccionamos, ni siendo testigos de tantos actos, que erizarían a ciudadanos de democracias maduras y civilizadas, pero para nosotros, ya son parte de nuestra cotidianidad, se volvieron parte de nuestra cultura, la cual predica: aguantar y aguantar. No digo que la igualdad sea todos ser ricos o todos ser pobres, hablo de una igualdad que se base en el respeto por la dignidad humana.
Y sin embargo el colombiano es optimista, porque aquí preferimos a los malos, creemos que el respeto se gana con insultos y hablando duro. Justificamos actos deleznables, con el discurso que eran ellos o nosotros. Nos negamos a la legalidad, aprobando las violaciones de las fuerzas del Estado, sólo porque la trampa –o la malicia indígena– nos da disque resultados.
Son optimistas, porque son más avispados que los demás, y en realidad sólo son unos tontos que toman supuestos atajos que después los harán devolver por lo complicados que son. –Pues para que lo hago fácil, si difícil también se puede.– Esa parece ser la premisa. Ser legal es mucho más fácil, y sin embargo no son capaces de cambiar, de afrontar la realidad, y creen que la esperanza es sentarse a esperar, no ir en busca de algo que reinvente, que renueve, se unen a causas hechas con babas, que son actos más de moda y glamur, que hechos significativos que den un vuelco a la realidad del país, y lo peor es que nuestros líderes, aquellos a quienes siempre elegimos, son los que nos tienen sumidos en la situación en la que andamos y la cual muchos se niegan a reconocer, pues con unos buenos tragos en la cabeza y la barriga llena todo parece estar mejor, entonces para que cambiar lo que supuestamente está funcionando.
Somos una democracia de discursos y no de hechos, nos endulzan el oído y después nos dejan botados. Y lo peor es que el optimismo que ronda en muchos colombianos, es aquel que nos muestran las novelas, y por eso esclavizados, entregan la vida a mediocres sainetes que supuestamente nos reflejan, cuando la realidad del país es mucho más que narcos, guerrilla, paracos y mujerzuelas.
Son optimistas, porque se creé que la palabra revolución, se asocia con guerrilla y terrorismo. Las revoluciones no son más que actos que nacen en el pueblo para transformar la sociedad, para darle su dignidad al ser humano, –por paupérrima que sea su situación–, para buscar una mayor equidad, para que los pobres no subsidien a los ricos, ni el Estado oprima a los débiles ni a sus opositores, para hacer que los de arriba no sólo se acuerden de los pobres en elecciones, las revoluciones buscan independencia, soberanía y respeto, pero aquí somos sujetos dependientes de tamales, cervezas y lechonas, cuando no lo son de burocracia, tejas o ventiladores.
En cambio, yo soy pesimista, no porque todo esté perdido, sino porque eso me lleva a pensar que puedo construir un país de verdad mejor, a soñar un país con más igualdad, sin desplazados, sin niñas que quieran ser las esposas de un mafioso para llevar una vida supuestamente digna, un país en que las ideas distintas sean respetadas y ante todo, un país en el cual se respete la vida. Soy pesimista con el futuro del país, y eso no significa bajar la guardia, sentarme a esperar lo peor o sumirme en la resignación, pues si hago eso, haría lo que muchos de los que nos gobiernan quieren, acallar a los idealistas para que todo siga igual. Porque como lo dijo el gran José Saramago, quien falleció el jueves pasado: “Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”.